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Estructuras comunicantes

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En el Atrio de San Francisco, justo atrás de la Torre Latinoamericana, nos encontramos con una instalación creada a base de aros reciclados que originalmente se encontraban en parques públicos de la ciudad, el cual es un proyecto de Anónima arquitectura, integrado por Erik Carranza y Sindy Martínez.

Y de pronto se vuelve una buena oportunidad para tener desde la cima amarilla una perspectiva distinta de un pedazo de nuestro Centro Histórico, una donde se alcanza a apreciar la sutil belleza de la Casa de los Azulejos y el legendario Callejón de la Condesa.
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Unicornio de mar

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En el numero 81 de República del Salvador, una de tantas propiedades que pertenecen a la Farmacia París sobre esta calle, en el interior me encontré con esta maravilla que jamás había visto en mi vida, una especie de unicornio marino.

No es propiamente un unicornio porque, como diría Rigo Tovar, tiene cola de pescado, tampoco es un caballito de mar porque los hipocampos no tienen cuerno, lo más parecido en la realidad serian los narvales, unos cetáceos poco conocidos que habitan en las profundidades de los mares del Ártico y que no se les da para nada vivir en cautiverio, de hecho pocas personas han tenido la suerte de verlos alguna vez en estado salvaje.

Quizá en el distante pasado el rumor que algunos dispersaron sobre la existencia de estas criaturas marinas, los llevo a hacerse presentes en la mitología, interpretado así como se ve en la imagen, con todo el aspecto de un caballo con cuerno y cola de pez, cuentan que los vikingos durante el medievo vendían los cuernos de los narvales, que no son otra cosa más que un colmillo que podía llegar a medir hasta dos metros, haciéndolos pasar como auténticos cuernos de unicornio, los cuales servían para curar la melancolía e incluso envenenamientos, eso explicaría su presencia en ese lugar, una botica donde preparan al momento las recetas que les solicitan.

Un barco que regresa

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Una vez que las aguas se han calmado, la mulata de Cordoba ha decidido volver, o al menos eso es lo que nos hace pensar/imaginar a quienes se nos quedó muy grabada en la mente aquella leyenda, al ver este barquito que navega por un mar dibujado en la pared de una calle cualquiera en nuestro Centro Histórico…

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Hoy la Vida de Peatón cumple ocho años y todos hemos crecido, mis hijos están en la universidad, yo estoy a cuatro años de alcanzar los cincuenta y la bellisima CDMX está más hermosa que nunca, claro, se me nota que estoy enamorado, como tantísimos otros lo están, sin importar si nacieron aquí, en provincia o en el extranjero, ese es el encanto de nuestra ciudad, a pesar de sus carencias es rica en historia, leyendas y mitos, guarda o esconde una enorme cantidad de tesoros y secretos en sus caminos, esos que resulta apremiante el recorrerlos, para después volverlos a andar buscándoles una perspectiva nueva.

Éste blog apenas lleva ocho años, pero la gran Ciudad de México Tenochtitlan tiene casi siete siglos que la respaldan, y se merece que no sólo unos cuantos la amemos como la amamos, así seamos varios millones, se merece que todos y cada uno la amemos incondicionalmente, sólo entonces la cuidaremos como se debe, la mantendremos limpia siempre, jamás la dañaremos otra vez.

Érase una vez en Lilliput

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Las cosas que uno ve por la ciudad, que muchas veces nos hacen asociarlas inevitablemente con asuntos del imaginario popular, en este caso esta enorme zapatilla que se encuentra en una tienda de una calle de nuestro Centro Histórico, y es que no se puede evitar pensar en un cruce de caminos entre los viajes de Gulliver y la Cenicienta.

Una revolución de colores

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Si Don José de la Cruz Porfirio Díaz Mori hubiera sabido que al estar construyendo su flamante Palacio Legislativo, en realidad estaba erigiendo el monumento a la Revolución que lo habría de derrocar y mandar al exilio para nunca más volver, seguramente jamás habría puesto la primera piedra, así es ésto de las cosas según el color del cristal con que se miran…

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Y así es como luce la decoración por estos días en el Zócalo de nuestro Centro Histórico, aquí la débil penumbra apenas puede sostenerse a sí misma entre tanta luz, en especial bajo la enorme campana que cuelga sobre las esquinas donde la avenida 20 de Noviembre se encuentra con la Plaza de la Constitución, sin duda la estrella de septiembre, aunque si hablamos de campanas sobresalientes, la del balcón presidencial de Palacio Nacional es la que “brilla” más por lo menos cada 15 de septiembre al grito de Viva México, existen además otro par de campanas “discretas” en Catedral, y son aquellas que rematan ambas torres, esas campanas de piedra son también las más grandes del continente.
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