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Todos sabíamos que iba a pasar, algo tendrían que encontrar al escarbar bajo el concreto de nuestro Zócalo capitalino, pero nadie pensó que justamente aquello que dio origen a lo hoy por hoy y desde hace mucho definimos como Zócalo habría de ser desenterrado, al menos por unas cuantas horas, ya que posteriormente seria cubierto con tepetate y el nuevo concreto hidráulico.

Aquel Zócalo o basamento que habría de ser la base para una columna muy similar a la que conocemos en el Paseo de la Reforma jamás pudo llegar ni más lejos, ni más alta, en 1843 Antonio López de Santa Anna, durante el séptimo de sus once mandatos presidenciales (aunque en el último fungió como dictador exigiendo ser llamado “Su Alteza Serenísima”) le encargo al arquitecto Lorenzo de la Hidalga el monumento a los héroes de la Independencia, el proyecto no prosperó y mientras para todo mundo zócalo es el cuerpo inferior de un edificio u obra, que sirve para elevar los basamentos a un mismo nivel, o bien, una especie de pedestal, para nosotros es la plaza principal de la ciudad.

La foto de arriba corresponde a lo más cerca que pudimos acercarnos los curiosos, la de abajo a la primera plana del periódico Reforma del 6 de julio, y a continuación dejo un enlace a un video de INAH TV en YouTube.


De nuevo, la Estatua ecuestre de Carlos IV ocupa su lugar de honor en la Plaza Manuel Tolsá de nuestro Centro Histórico, pero ahora, lista para sobrevivir otros docientos años más, tras el terrible incidente del ácido nítrico que dio origen a una exhaustiva y concienzuda restauración que recién culminó hace unos días, después tres años, nueve meses y siete millones y medio de pesos.

Cuentan que Tolsá jamás aplicó una pátina metálica como se creía, sino que usó un recubrimiento de pintura verde-marrón en técnica al óleo, método que fue replicado por los especialistas que atendieron al equino y al rey, por eso ahora luce ese tono verde olivo parduzco que dicho sea de paso le va muy bien.

Otro de los secretos del Caballito que fueron revelados es que no fue fundido en una sola pieza como siempre se pensó, fue ensamblado en siete partes, las dos principales, el cuerpo del caballo y el jinete con la silla, más otras cinco de menor tamaño, que son las crines del caballo, el copete, la cola, la rienda y la base con el carcaj, y fue gracias al excelente trabajo que hizo Manuel Tolsá con la soldadura, lo que le abrió paso a través del tiempo de que su Estatua ecuestre de Carlos IV había sido fundida en una sola operación.

Ahora con la nueva iluminación nocturna que se le dio, solo queda que nos demos una vuelta para visitar al entrañable Caballito, en la mañana, en la tarde y en la noche.

Warhol was here


Andy Warhol llegó a la Ciudad de México y se instaló en el Museo Jumex a través de la exposición Estrella Oscura, como es habitual en los grandes eventos como éste, está prohibido tomar fotos, lo que no es común, es la presencia de policías uniformados vigilando en el interior a los visitantes, pero bueno, lo que cuelgan de las paredes son ni más ni menos que algunas de las obras iconicas de Warhol, unas cuantas y otras tantas que aunque no son tan famosas vale mucho la pena dedicarles un tiempo a observarlas.

Y sí, confieso que me atreví a sacar una fotografía, pero sólo una, lo que me pareció bastante curioso es que la persona que observa al Elvis Presley Cowboy por un momento me hizo pensar en propio Warhol contemplando su obra.


Haciendo círculos de jade está tendida la ciudad,
irradiando rayos de luz cual pluma de quetzal está aquí México:
junto a ella son llevados en barcas los príncipes:
sobre ellos se extiende una florida niebla.

¡Es tu casa, Dador de la vida, reinas tú aquí:
en Anáhuac se oyen tus cantos:
sobre los hombres se extienden!

Aquí están en México los sauces blancos,
aquí las blancas espadañas:
tú, cual garza azul extiendes tus alas volando,
tú las abres y embelleces a tus siervos.

Él revuelve la hoguera,
da su palabra de mando
hacia los cuatro rumbos del universo.

!Hay aurora de guerra en la ciudad!

Colección de Cantares Mexicanos, Biblioteca Nacional de México.


En primer plano tenemos al Hospital de Terceros de San Francisco, junto a éste, el acueducto que concluía a unos pasos en la Fuente de la Mariscala, más allá por fin algo conocido, la Alameda Central, a la derecha del Hospital de Terceros que después fue reemplazado por el Palacio de Correos, ya se encontraba el Palacio de Minería y en frente el Convento y Hospital de San Andrés, lugar donde se erigió el Palacio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, que hoy ocupa el Museo Nacional de Arte.

Estamos hablando que la calle que cruza es el Eje Central, la de este lado, Tacuba, y del otro, Avenida Hidalgo, en aquel entonces la que una vez fue Niño Perdido hacia el sur era la Calle de Santa Isabel, hacia el norte la Calle de las Rejas de la Concepción, este pequeño tramo de Tacuba se le llamaba Calle de San Andrés, Hidalgo era entonces conocida como Calle del Puente de la Mariscala.

Aquí Pedro Gaudi nos transporta al año de 1840 mostrándonos, como el título nos indica, el Palacio de Minería, pero además dándonos detalles de cómo era la cotidianidad en aquellos días, incluidos personajes como el aguador,  unos años antes Charles La Trobe, excursionista en México, le llamó la Ciudad de los Palacios, después de maravillarse con sus portentosas construcciones, ahora en este nuestro presente, todos en algún momento por múltiples motivos hemos pasado por ahí, pero sin darnos cuenta de toda la carga histórica que un lugar como esté puede tener, pues bien, ya tenemos algo en que pensar la próxima ocasión que caminemos por esas calles.


Después de 60 años nuestro Zócalo capitalino ha comenzado a ser restaurado, así poco a poco irán retirando el piso por donde tantas veces caminamos contemplando los alrededores, para ser sustituido por lo que denominan concreto hidráulico…

Y mientras avanza la demolición del asfalto, uno esperaría que de la tierra que va quedando al descubierto emergieran nuestros dioses ancestrales, total, qué les cuesta escarbar ligeramente un poco más profundo; recordemos que cuando en 1790 el conde de Revillagigedo, virrey de la todavía y no por mucho tiempo Nueva España, mandó nivelar el piso de la Plaza Mayor para el nuevo empedrado de entonces, encontraron la Piedra del Sol y un año después la Coatlicue, ojalá Mancera, como un moderno Revillagigedo, aprovechará esta oportunidad única para desenterrar algo de lo que los conquistadores quisieron que jamás nos enteráramos, lo único que se lo impediría son los tiempos que está obligado a cumplir por aquello de los festejos de septiembre.


Uno de los leopardos de bronce de Miguel Noreña observa, exactamente igual que hace casi 130 años, cómo transcurre el tiempo que con sus horas, minutos y segundos, años, meses y días, no muestra cambio alguno en su comportamiento.

La que ha cambiado y de que forma, es está, nuestra ciudad, excepto por la casona que le ha hecho buena compañía desde hace más de un siglo, todo lo demás y que no era mucho se ha ido, incluido la estación de ferrocarriles Colonia, poco a poco se fue llenando de todo, cada vez más casas y luego edificios, unos cuantos carros y luego demasiado trafico, algo de gente y luego manifestaciones y plantones… por cierto, aquella casona a la que me refería es la que se le conoce como University Club, a la cuál amenazan con construirle un enorme rascacielos prácticamente encima, cambiándole el nombre a University Tower.

No podemos imaginar lo que sus ojos de bronce contemplarán en un futuro distante.