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El Museo del Metro


Justo a finales de enero de este año se inauguró en la estación Mixcoac de la Línea 12, el Museo del Metro, que nos ilustra por medio de interesantes explicaciones, imágenes, videos y objetos relativos al metro, una historia que apenas está por cumplir cincuenta años.

No podía faltar la presencia de Lance Wyman a través de sus logotipos, tipografía y señalizaciones tan peculiares y únicas, además de una extensa colección de boletos, bonos y tarjetas, también hay la presencia de algunas piezas prehispánicas que fueron encontradas durante su construcción y un acercamiento a Imagen México, la primera exposición que se montó en el metro.

En fin, vale la pena sumergirse en ese pequeño espacio que nos “traslada” a un universo mucho más grande de lo que parece ser.


En un lugar escondido de San Ángel, una fuente, tres bancas de cantera y una piedra con una hermosa inscripción, nos transportan a un universo paralelo, o mejor dicho a una ciudad paralela, donde apenas hay una que otra persona, prácticamente ni un auto moviéndose y una paz y tranquilidad infinitas entre el empedrado y las bugambilias que trepan por las paredes e incluso por las bancas dedicadas cada una a un arcángel, la primera a San Miguel, la segunda a San Gabriel y la tercera a San Rafael.

Es un pequeño jardín donde uno pensaría que han transcurrido los siglos sin modificar en lo más mínimo el entorno, donde si nos contaran que esta plazuela existe desde 1969, nos negaríamos a creerlo definitivamente, simplemente porque aquí el tiempo no existe, y así como el agua no brota de su fuente, pareciera que el tiempo no fluye de ninguna forma, uno quisiera no moverse jamás de ahí, pero volvemos al gentío y al trafico de la ciudad por una razón muy sabia, dejar solitario ese sitio para los siguientes visitantes, nos sin antes llevar en nuestros corazones el mensaje que nos contó la piedra de la Plaza de los Arcángeles:

Vale más
la gracia
de la
imperfección
que la 
perfección

sin gracia

Lucha de gigantes


De un tiempo para acá, el antiquísimo Paseo de la Emperatriz o del Emperador dirían por ahí, ha sido escenario de una surrealista lucha de gigantes, como aquella canción de Nacha Pop, primero entre la Torre Mayor y la Torre BBVA Bancomer, que resulto ser la vencedora aunque no por mucho tiempo. ya que luego al aparecer la Torre Reforma se proclamo como la gran triunfadora de esa peculiar batalla de altura en la zona, y sí, ya se ve venir la Torre Chapultepec Uno. aunque no muestra mayores pretensiones de grandeza.

Así el Paseo de la Reforma, corredor financiero donde se congregan multitudes a laborar se va llenando de altos edificios que hace veinte años ni siquiera podíamos imaginar encontrarnos sobre ésta avenida, algo que se comenzó a vislumbrar cuando la Torre Mayor se levanto de la nada…

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Muy cerca de la Facultad de Odontología, podemos encontrarnos con ésta peculiar estructura conocida como la muela, pocos saben que su nombre original es Pabellón de Rayos Cósmicos y que es la primer obra conocida del famoso arquitecto Félix Candela, quien colaborando con Jorge González Reyna, la concluyó en 1951; el pabellón elaborado con cascarones de hormigón armado muy ligeros, pretendía servir como un laboratorio especializado en la medición de los neutrones que desprenden los rayos cósmicos, esto debido a que el cascarón mide uno y medio centímetros de espesor, dejando pasar los rayos cósmicos que eran registrados con una maquina en el interior.

Pergola Ixca Cienfuegos

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Como un homenaje al escritor Carlos Fuentes, el artista plástico Vicente Rojo concibió en 2008 la Pergola Ixca Cienfuegos, una escultura monumental transitable que sólo hasta el 2014 pudo materializarla permanente sobre la avenida Ejército Nacional, a la altura del Ferrocarril de Cuernavaca, en Polanco.

Consta de 23 módulos de 4 metros de altura y mide 100 metros de largo, aunque anteriormente ya se había instalado de manera temporal en el Centro Cultural indianilla, realizó un recorrido itinerante por varias colonias de la ciudad, el plan original contemplaba ubicarla definitivamente atrás del Palacio de Bellas Artes, en el camellón de la Avenida Hidalgo, pero ese espacio es hoy ocupado por una parada del metrobus.

Ixca Cienfuegos es el protagonista de la novela “La Región más transparente” de Carlos Fuentes publicada en 1958.
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Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.

Soy el llanto invisible
de millares de hombres.

Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.

Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?
Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.

Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.

Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.

Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!

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Frente a éste arco y a espaldas del antiguo camino a San Ángel, la calle Francisco Sosa, da comienzo oficialmente el paseo mágico y misterioso al Centro de Coyoacán, con su fuente de los coyotes y todo lo demás, incluidos templos, museos y restaurantes.

Tras la conquista y ya concluida la Parroquia de San Juan Bautista, el arco labrado en el siglo XVI daba paso al atrio de enormes proporciones en dicha parroquia e incluía relieves elaboradas por manos indígenas que aún se pueden apreciar, hoy en día sustituye al atrio el Jardín Centenario, que es quizá el segundo lugar preferido de los habitantes de la CDMX para pasar el rato, después de la Alameda Central.