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El nuevo Arco Chino


Para comenzar el año del perro de tierra, nuevo año chino, el Barrio Chino cambió un poco su aspecto con este nuevo arco o Paifang ubicado muy cerca de la Alameda Central, además de la Puerta Luna a la altura de Ayuntamiento y un ideograma de la Ciudad de México en la esquina con Artículo 123, los tres sobre la calle de Dolores.

Es el segundo Arco Chino después del que ya conocemos en la Plaza Santos Degollado, inaugurado exactamente hace diez años, y aunque probablemente siga siendo el Barrio Chino más pequeño del mundo, seguro también es el único donde menos chinos se pueden ver.

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El Hotel Geneve que fue inaugurado en 1907 posee en su Lobby, dentro de un concepto que denominan Hotel Museo, una colección de objetos de época que nos dan un gran paseo por el tiempo, todo en un breve espacio, por ejemplo, dentro de lo que llaman el Phone Bar, una serie de antiguos teléfonos nos hablan de la evolución de estos aparatos tan importantes para la comunicación, tanto que ahora mismo los llevamos con nosotros en todo momento, es en uno de estos teléfonos de los se encuentran en el Lobby, donde se puede escuchar la voz de Porfirio Díaz, quien el 15 de agosto de 1909 grabó en un cilindro de cera un mensaje de agradecimiento para Thomas Alva Edison.

Cuentan que el 20 de noviembre de 1910, día que inició la Revolución, Don Porfirio decidió aparecer públicamente y comer con su familia en el Restaurante Jardín del Hotel Geneve, tal vez por ésta razón en el Lobby Veranda, junto a la puerta del Salón Porfirio, hay una serie de objetos relativos al dictador, un retrato de cuerpo completo al oleo del pintor colombiano Federico Rodríguez, una efigie en marfil y un busto en barro modelado y policromado elaborado en 1886 por Pantaleón Panduro Martínez, la historia de ésta obra narra que en ese año cuando Porfirio Díaz realizo una visita a la ciudad de Guadalajara, Jalisco, una nutrida recepción fue planeada en su honor encabezada por la aristocracia tapatía, quien invitó al escultor de origen indígena Don Pantaleón Panduro, el maestro, celebre en la región de Tlaquepaque por su rapidez y calidad para hacer retratos en barro, en pleno convite empezó a modelar la imagen del presidente, alguien le dio parte a Díaz quien, admirado por el trabajo, le ofreció la suma que pidiera por una efigie, el historiador Ramón Mata Torres apunta que Panduro le solicitó nada más y nada menos que la presidencia del país, para cumplir con su palabra, Díaz se la concedió durante una hora.

Aquí es quizá el único lugar en toda la ciudad, y es probable que también en todo el país, donde se le rinde una especie de culto a este personaje de nuestra historia, que por su sed de mantenerse en el poder cayó en desgracia como tantos otros pero no en el olvido, es innegable que muchos avances de finales del siglo XIX y muchas construcciones que embellecen nuestra ciudad se las debemos al mismísimo Don Porfirio Díaz.


El 30 de noviembre de 1988 se inauguro en el pasillo de correspondencia de la estación la Raza, entre la Linea 3 a la 5, el Túnel de la Ciencia, un recorrido que equivale a 398 metros, 723 pasos y 22.2 calorías, considerado como una especie de museo científico-cognoscitivo, que cuenta con una representación de la Bóveda Celeste, justo uno de esos lugares que a uno le gusta permanecer por un buen rato, pero que al ser un trayecto de traslado difícilmente nos animamos a reducir la velocidad de nuestros pasos.

Vale la pena que un día nos demos un poco de tiempo y nos detengamos a buscar alguna constelación que ya conocemos como la de Orion, mientras vamos descubriendo otras de las que jamas habíamos sabido de su existencia, vale la pena…


Cristóbal de Villalpando, nacido en la capital de la Nueva España, realizó en 1695 una de las obras más importantes de lo que ahora llamamos nuestro Zócalo, “La Plaza Mayor de México”, donde pintó 1283 personajes en tres metros cuadrados de tela, ahí nos muestra el Mercado del Parían, la Acequia Real, el Ayuntamiento, la Catedral Metropolitana y el Palacio Virreinal, que aun conservaba los daños que tres años atrás había sufrido durante los disturbios del Motín de 1692.

Fue un encargo del Virrey de la Nueva España Gaspar de la Cerda Silva Sandoval y Mendoza, conde de Galve, y hoy es parte de la colección de James Methuen Campbell, se le puede ver en Corsham Court, Wiltshire, Inglaterra, la imagen corresponde a un facsímil de la pintura que se exhibe, entre muchas otras agradables sorpresas, dentro de la exposición La Ciudad de México en el arte, Travesía de ocho siglos en el Museo de La Ciudad de México hasta abril de este 2018.


El Museo UNAM HOY es uno de los recintos culturales que han abierto sus puertas al público a penas hace muy poco tiempo, en la esquina de las calles Moneda y Seminario del Centro Histórico, justo donde estuvo la legendaria cantina El Nivel, y en su interior resguarda un par de joyas de ésta nuestra Ciudad de México, una de ellas es la primera piedra de la Real Universidad de México y la otra es éste óleo sobre tela de Pedro Gualdi donde nos muestra el patio principal de la Real y Pontificia Universidad de México, que entonces se ubicaba en lo que hoy es la actual Suprema Corte de Justicia de la Nación. Pintado en el año de 1840, en él encontramos a la Estatua Ecuestre de Carlos IV que encontró refugio aquí tras el ocaso del Virreinato y donde permaneció hasta 1852 después de 30 años de aislamiento, cuando pudo salir nuevamente al exterior en el cruce del Paseo de la Reforma y el Paseo de Bucareli, en ese mismo lugar permaneció durante mucho tiempo la Coatlicue, sólo que oculta bajo tierra para no ser vista por aquellos que la veneraban, ni por los otros a los que les asustaba.


A quien en su visita al Museo Nacional de Arte les pareció ya haber visto éste busto en bronce de Cuauhtémoc en algún otro sitio, pues están en lo correcto, es la misma escultura que podemos encontrar en el Zócalo muy cerca de Catedral, la cual a pesar de contar con su placa, omite mencionar el nombre de Jesús F. Contreras, autor no sólo de ésta sino también de muchas otras de las grandes obras que podemos encontrar por nuestra ciudad, como el conjunto escultórico del Jardín de la Triple Alianza a unos pasos del Munal y Malgré Tout en este mismo museo y en la Alameda.


Juan de Dios Peza en su libro Leyendas de las Calles de la Ciudad de México nos hace un recorrido a través del tiempo y el espacio de nuestro Centro Histórico y lo transforma en un hermoso poema.

A continuación un fragmento de La Alameda:

¡Oh vergel de nuestros padres!
¡Cuántos recuerdos encierras!
¡Cuántas memorias escondes
en tus floridas callejas!

El soñador estudiante,
la recatada doncella,
el octogenario enfermo,
la anciana que orando tiembla,

el niño que con sus juegos
a sus padres embelesa,
el doncel enamorado
y la moza coquetuela;

lo mismo el que nada quiere
como el que rendido espera;
y el que del tiempo pasado
las veleidades recuerda,

en ti buscan grata sombra,
bajo tus fresnos se sientan
mirando alegres o tristes
tus hoy mustias arboledas.

Cuando la callada noche
te envuelve en sus sombras densas,
parece que en tu recinto un
fantasma se pasea.

Es un recuerdo que surge,
una memoria que llega
del que fundó el ancho parque
para gala de su tierra,

Don Luis Velasco, el segundo,
que de su rey mereciera
ser al Perú trasladado
por sus relevantes prendas.

¡Oh parque de mis mayores!,
los hados benignos quieran
que lejos de ti no acaben
las horas de mi existencia.

Ya en tu derredor se escuchan
los dulces himnos que elevan
la paz, la unión y el trabajo
a la ciudad que tú alegras.

¡Nada interrumpa ese coro,
nada esos himnos suspenda
y cántenlos nuestros bardos
a tu sombra dulce y fresca!