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Este 19 de agosto se conmemora en todo el mundo el día de la fotografía, así que para celebrarlo, la Vida de Peatón comparte con ustedes una foto cualquiera de está, nuestra gran Ciudad de México, una ciudad que definitivamente, ésta sí, no es cualquiera, y que además nos proporciona una enorme cantidad de material para todos aquellos que la amamos profundamente, y la buscamos en cada calle, y la capturamos de a instantes, desde sus edificios y monumentos, hasta sus escenas cotidianas de relativa modernidad.

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Supongo que camino a Catedral a cumplir una manda, con algún santo en particular y por cuestiones de la fe en general, ésta persona que a juzgar por lo que carga a sus espaldas, cobija y zapatos extras, ha de venir de lejos, ahora, ¿qué significan los listones rosas?, ni idea, son parte de las misteriosas formas ya no de la religión, sino de las creencias de cada quien.
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En 1962 Jorge González Camarena pinta la que probablemente sea su obra más famosa, La Patria, un óleo sobre tela que pertenece a la colección de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, siendo indiscutiblemente la portada más entrañable de todas las portadas de estos libros.

El rostro que vemos es una constante en las obras de González Camarena y como siempre en la historia de las cosas, tiene su peculiar anécdota, cuando él le propuso a Victoria Dorenlas de 18 años que fuera su modelo, ella se negó rotundamente, la razón, estaba casada con un pistolero que prestaba sus servicios a un importante político del Estado de Hidalgo, el marido tan agresivo como inseguro, cuando tenia que dejarla sola por cuestiones de su trabajo, descargaba su pistola a los pies de la joven antes de irse, de esta forma le advertía cual seria su destino si la encontraba con otro, “olvídese” dijo la muchacha al pintor “si mi marido descubre que estoy posando para usted, al día siguiente habría dos entierros”, sin embargo él continuo pretendiéndola y ella siguió negándose, así un buen día vio que en la casa de Victoria se llevaba a cabo un velorio, sospechando de inmediato que finalmente los celos del marido habían terminado con la vida de la joven, pero para su fortuna ella se encontraba bien aunque acongojada por el fallecimiento de su esposo, ya sin excusa alguna y a la edad de 19 años la joven tlaxcalteca posó para González Camarena.
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En la Parroquia de la Concepción Tequipeuhcan una placa nos informa que aquí fue donde comenzó la esclavitud, éste es el lugar donde fue hecho prisionero el Emperador Cuauhtemotzin la tarde del 13 de agosto de 1521, por supuesto se refiere a el último Tlatoani de la gran Tenochtitlan, Cuauhtemoc.

Del ultimo reducto de los defensores de Tenochtitlán surgió una primitiva ermita, tiempo después esta parroquia que se ubica en la Plaza de la Conchita, en el interior una columna tiene inscrito en su parte superior AÑO 1699, lo cual nos habla de su antigüedad.
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Es México…

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Si tiras basura
¡no te sientas mal!
siéntete como en tu casa…

Éste letrero que se asoma de uno de tantos árboles que embellecen la calle Santa María La Rivera, en la colonia del mismo nombre, debería estar por toda la ciudad creando conciencia en todos aquellos que piensan que tirar basura por la calle a diestra y siniestra es de lo mas normal y que no tiene nada de malo simplemente porque “es México”.

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Lo que sigue es un fragmento de La mujer que no, donde Jorge Ibargüengoitia nos presta sus personajes, mientras nosotros le prestamos nuestra ciudad, para hacer un ejercicio mental a través de imaginarnos a Jorge y a ella por las calles de la Ciudad de México.

Debo de ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré…

En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién, o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional.

La foto de la que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus grandes ojos almendrados, el pelo estirado hacia atrás, dejando al descubierto dos orejas enormes, cercanas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo… su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.

Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cercanos a Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un medio día brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. ¡Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una docena de veces era mucho. Le puse una mano en la garganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y con hijos, que yo había tenido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impulsos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos.

Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de en medio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importante, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza… hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.

Después del accidente, fuimos al SEP de Tamaulipas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.

Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha… fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal parte”; y desapareció.

Las estatua pornográfica de la imagen es la versión en bronce de Malgré Tout del escultor Miguel Noreña.

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En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Sor Juana Inés de la Cruz

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