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Archive for 31 agosto 2011


Esta escultura del artista Raúl Basurto Juárez llamada la última batalla es un homenaje a Encarnación Ortiz, quien participo en aquella que fue la última acción de armas entre insurgentes y realistas durante la guerra de independencia, también su última batalla, el 19 de agosto de 1821 en el atrio de la Parroquia y Convento de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago.

El 19 de agosto de 1821, el insurgente Nicolás Acosta, entró a Azcapotzalco tomando el puente de El Rosario con el fin de atacar a las fuerzas realistas. Los embates comenzaron cuando el terreno se enlodaba por una densa lluvia. Al escuchar los disparos del tiroteo, el general realista Manuel Concha se dirigió de su cuartel general en Tacubaya a Tacuba, para avanzar hacia Azcapotzalco después de las cuatro de la tarde. Los insurgentes decidieron retirarse de Azcapotzalco, por lo que enviaron sus tropas a la Hacienda de Careaga. El general Concha, sabedor de la retirada rebelde, siguió a las tropas a la hacienda y después decidió hostigarlos con el fin de forzar la batalla en Azcapotzalco, donde guarnecían sus tropas en la parroquia del lugar. Los realistas se apresuraron y colocaron una pieza de artillería cerca del cementerio de la parroquia. A su llegada a Azcapotzalco, las fuerzas insurgentes atacaron a los realistas que se encontraban en el atrio y techos de la Parroquia y Convento de los Dominicos. El combate continuó hasta las 11 a.m., cuando el parque insurgente se estaba agotando, Bustamante ordenó enviar un cañón a la entrada del poblado, aumentando la acción de combate. Viendo Bustamante que su ofensiva era infructuosa, decidió la retirada tratando de rescatar la artillería con el fin de no dejarla en poder realista. Ordena a Encarnación Ortiz recuperarla, este monta y se dirige al cañón atascado en el fango para lazarlo y así poder jalarlo y llevárselo, pero no logra su propósito ya que un tirador en el techo de la iglesia logra darle en la espalda, cayendo muerto. El acto enardeció a los insurgentes quienes asaltaron el Atrio, enfrentando cuerpo a cuerpo a las fuerzas realistas que derrotaron, forzándolos a huir hasta el Puente del Rosario.

Encarnación Ortiz es sepultado en el panteón de la parroquia de Azcapotzalco.

En 1910 su nombre se inscribe en el Monumento a la Independencia en el Paseo de la Reforma en la ciudad de México.

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Museo Nacional de San Carlos


La construcción de este edificio se llevó a cabo entre los años de 1798 a 1805, por encargo de la segunda marquesa de Selva Nevada para su hijo, el conde de Buenavista, quien murió antes de terminado el palacio. Su proyección se atribuye al valenciano Manuel Tolsá, director del área de escultura en la Academia de San Carlos y autor de destacados ejemplos neoclásicos en arquitectura y escultura, como el Palacio de Minería, las obras de conclusión de la Catedral Metropolitana y la estatua ecuestre de Carlos IV (conocida como El Caballito).

A lo largo del siglo XIX funcionó como casa habitación de familias con títulos nobiliarios y de personajes de la escena política mexicana.
A partir de 1899 tuvo otros fines distintos a los residenciales, como sede de las oficinas de la Tabacalera Mexicana, de la Lotería Nacional y de la Escuela Nacional Preparatoria N° 4, entre otros. En 1968, la custodia del inmueble pasó al Instituto Nacional de Bellas Artes, el cual lo destinó para albergar la colección de arte europeo que hasta entonces había resguardado la Escuela Nacional de Bellas Artes (antigua Academia de San Carlos).

La escalera del Palacio del Conde de Buenavista recuerda la que Manuel Tolsá realizó en el Palacio de Minería, en ambas se observa el cuidado en el detalle de cada elemento, sea éste estructural u ornamental.

Construida en el extremo sur-poniente del edificio, y flanqueada por ocho columnas dóricas, cuatro de ellas exentas y cuatro adosadas a los muros de ambos lados, la escalera arranca en un vestíbulo, aislado, en cierta medida, del resto del palacio, lo que nos brinda una sensación de intimidad que preludia el acceso a lo que fueran las habitaciones privadas del palacio.

Después de ascender doce peldaños por la escalera que inicia en una rama, se llega a un descanso a partir del cual se divide en dos ramas, peculiaridad que proporciona al espacio no sólo mayor comodidad, sino también un aspecto majestuoso.

Con un ritmo que parece simular el movimiento de los que por allí ascienden, los balaustres se oblicuan y vuelven a retomar la verticalidad, en un juego cadencioso que sigue el compás de cada paso.
El ascenso culmina en una gran puerta de cantera, con vanos ornamentados con herrería, que sirve a su vez como acceso al pasillo del piso superior.

El patio del Palacio del Conde de Buenavista se tomó como punto primordial en torno al cual se fue desarrollando la ejecución total del edificio. Se diseñó a partir del trazo de una elipse que, enmarcada por un rectángulo, es un ejemplo del uso de los tratados de artistas como Iacomo Barozzi da Vignola (1507-1573).

Las plantas siguen el estilo de las casas coloniales, en la baja se distribuyeron los espacios públicos y los destinados a la servidumbre, mientras que los espacios privados se acomodaron en la planta alta. En el piso bajo está delimitado por veinte pilares almohadillados de capitel toscano, dispuestos simétricamente, cuyos ejes coinciden en un punto central a partir del cual se puede contemplar el edificio en su totalidad. El ritmo causa un juego de luces y sombras que evoca el barroco.

En el piso superior, la elipse se define por una balaustrada, interrumpida de tramo en tramo por los altos basamentos donde se sustentan veinte columnas de orden jónico compuesto, que se continúan sobre los pilares del piso bajo. La cornisa se proyecta y rompe la línea del entablamento, y es el elemento donde se apoyan la balaustrada y los florones que coronan el espacio elíptico del patio.

En este edificio se armonizan los estilos barroco y neoclásico. El primero se manifiesta en la planta, en su remetimiento semielíptico que, al tiempo que prefigura el patio interior, funciona como un primer vestíbulo que acoge al visitante y le invita a continuar hacia adentro. El segundo se observa en la simetría racional de los dos cuerpos de la fachada principal. En su cuerpo inferior, el almohadillado de cantera gris, -material utilizado en todo el edificio-, se alterna con los vanos adintelados de las ventanas y de la entrada principal. En su cuerpo superior los vanos se convierten en balcones, cuyas balaustradas van apoyadas en ménsulas; aparecen separados entre sí por pilastras estriadas, y rematados sucesivamente con frontones triangulares y semicirculares.

El balcón central sobresale, flanqueado por columnas pareadas, de fuste estriado y capiteles de orden jónico compuesto, que ayudan a soportar el entablamento. Sobre la cornisa se apoyan la balaustrada y los florones, elementos que en su repetición dan unidad a la obra, al tiempo que constituyen una especie de firma de autor que de inmediato nos remite a Tolsá.

En su inicio el Palacio del Conde de Buenavista fue concebido como casa de campo. Contaba con un jardín y huertas que se prolongaban hacia el sur. El clima de la Ciudad de México propiciaba el disfrute de espacios como este, por medio de paseos y tertulias, de carácter familiar o social. De ahí la importancia que los arquitectos otorgaban a las fachadas posteriores de estas residencias.

Tres escalinatas, permiten acceder a un pórtico que destaca en el cuerpo bajo de la fachada, y que recuerda a la arquitectura clásica por las seis columnas de orden dórico que lo sustentan y que sirven al mismo tiempo como soporte para la terraza del cuerpo superior.

Construidos dentro de un orden por demás simétrico, los dos cuerpos de la fachada posterior presentan una sucesión de vanos adintelados, a excepción del que corresponde a la puerta de acceso al edificio, resuelto con un arco de medio punto. Los vanos del cuerpo superior están separados entre sí por pilastras de orden toscano, levantadas sobre altos basamentos. El entablamento, ornamentado con triglifos que casi han desaparecido, se extiende a lo largo de la fachada.

Y como una constante común a las obras el arquitecto Manuel Tolsá las balaustradas aparecen en escalinatas, balcones y rematando la construcción.

Toda la información proviene de la pagina oficial del Museo Nacional de San Carlos, dejo el enlace para que lo visiten, vale la pena… pero vale mucho más la pena visitar el museo en persona.

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La jaula ideal de cualquier gorrión, perico, canario, en fin, de cualquier ave doméstica, algo así como una autentica arquitectura sustentable diseñada por la naturaleza, nada nuevo en realidad, sólo que en este caso, la esencia de casa o mejor dicho hogar se la da el hombre.

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Castillo


Esta pared semeja el muro de un castillo, donde las pequeñas macetas simulan almenas (salientes verticales y rectangulares dispuestas a intervalos regulares que coronaban los muros perimetrales de los castillos), por supuesto, es un castillo bastante tercermundista, pero al fin y al cabo, es el jardín más hermoso para alguna ama de casa.

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Recuerdo hace años, bastantes años en realidad, cuando era niño, buscar en el pasto junto a mi madre, entre los tréboles, intentando encontrar uno de cuatro hojas, en nuestra búsqueda de la buena suerte, sólo uno entre quién sabe cuántos miles, algunas veces tuvimos suerte, básicamente era eso, la suerte consistía en encontrar el trébol de cuatro hojas.

Hoy cada hoja de ese trébol representa a alguien que tengo en esta vida, tengo a mi esposa, tengo a mi hija, tengo a mi hijo y me tengo a mi mismo, eso si es suerte.

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Esta mujer que en su mano izquierda sostiene un pequeño ramo de flores mientras que con la derecha parece abrazarse a si misma, esta extraviada en la gran ciudad; nada se sabe de ella, sólo un nombre que quién sabes si realmente es el suyo, envuelta en el misterio que el tiempo y el olvido le han concedido, sin embargo aún conserva su belleza y esplendor casi intacto.

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Existe la idea equivocada de que la Fuente de las Américas en la Alameda Central es de un escultor llamado Valdosine o Valdosinc, esta es una de las fuentes más lastimada por el tiempo, la intemperie y la indiferencia de las autoridades.

Ayer aprovechando que la fuente se encontraba completamente seca, me aproximé más de lo habitual para observarla de cerca, y me encontré un par de palabras además del año 1851, una en la parte superior es ANDRÉ y la otra abajo dice VAL DOSNE, pensé que era el nombre del autor, André Val Dosne, asi que busque en la red y descubrí que no es Val Dosne, sino Val d’Osne, y que el André se refiere a Jean-Pierre Victor André.

Val d’Osne es el nombre del taller que creo en 1836 André para la fabricación de mobiliario urbano y fuentes decorativas, el cual se convirtió rápidamente en la más importante productora de fuentes en Francia, posteriormente incluso elaboró candelabros decorativos para el metro; muy probablemente se le pueda atribuir el diseño de la Fuente de las Américas a Mathurin Moreau, ya que colaboró con ellos de 1849 a 1879, creando cientos de diseños para la Val d’Osne, no sólo limitándose a la elaboración de fuentes, muchas de ellas ubicadas fuera de Francia, en ciudades tan lejanas como Valparaíso o Buenos Aires.

Sería lógico pensar que si Mathurin Moreau es el autor de la esplendida Fuente de Venus conducida por Céfiros, obsequio de la emperatriz Carlota Amalia de Bélgica, entonces con toda seguridad también es un Val d’Osne.

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