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Archive for 29 septiembre 2011

Hijos


Solía llamarles el bebé y la nena, luego por muchos años les decía niños, “se hace tarde niños”, “denme la mano niños”, “corran niños”, los llevaba al kinder, después a la primaria y ahora a la secundaria, se nos sigue haciendo tarde de vez en cuando, ya no necesitan darme la mano para cruzar las calles y tampoco tienen que correr porque ya pueden caminar a mi paso, pero como que la palabra “niños” comienza a volverse obsoleta, así que tendría que empezar a referirme a ellos como jóvenes… ¿pero luego que sigue?, ¿llamarles señores?

La única palabra que siempre y desde el primer día de sus vidas resulta ser la mas apropiada, por ser la más vigente y permanentemente actual, es hijos, así que estoy haciéndome el habito de llamarles como debí de acostumbrarme desde el principio, aunque a pesar de todo, siguen y seguirán siendo para mi el gran bebesote y la nenita preciosa.

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El túnel del tiempo


El túnel del tiempo, a un tiempo pasado no muy lejano, cuando las paredes no lucían descarapeladas o incluso tenían otro color, cuando el pasillo estaba lleno de niños jugando con pelotas y luego de parejas haciendo planes para el futuro, cuando se escuchaban canciones del interior de los departamentos, cientos de éxitos del momento, cada uno en su momento, historias.

El único requisito para hacer el viaje en el tiempo, es haber estado ahí cuando la pintura de las paredes se encontraba en optimas condiciones, hacer el ejercicio de la memoria y recordar los años maravillosos.

Este lugar no significa nada para nosotros, pero a unos cuantos les trae a la mente agradables vivencias, sin embargo, todos tenemos nuestro túnel del tiempo donde nos transportamos a fragmentos importantes de nuestra existencia y evocamos el pasado, detenidos, contemplando aquellos distantes instantes en el tiempo espacio.

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Opacado por el mismísimo Kiosco Morisco, este Kiosco de la Alameda continua a la sombra de aquel de la Santa María La Ribera, a pesar de que fue trasladado a esa colonia hace más de cien años y aún cuando permaneció en la Alameda Central muy poco tiempo, sin embargo, no hay datos del origen del que hoy sirve de escenario de músicos los fines de semana en la Alameda.

Es como si estuviera perdido en uno de los sitios más concurridos de la ciudad, huérfano de historia, ignorado, desplazado por las esculturas y fuentes, mientras tras él, el Hemiciclo a Juárez le da la espalda, pero si se le observa bien, tiene lo suyo, vale la pena dedicarle un minuto.

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El sindicato mexicano de electricistas recibió sus 21 millones de pesos y desapareció de la faz del Zócalo capitalino, pero ¿por cuánto tiempo?

Estarán de acuerdo que siempre debería de verse así, sin plantones, ni pintas, y menos por causas como las del SME, en fin, hay que aprovechar la oportunidad de poder recorrerlo completamente libre, al menos en lo que se manifiesta otro terrorífico espectro como el que recién acaban de exorcizar.

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Falso sepulcro


Tal cual dice la placa junto al supuesto nicho de Isadora Duncan en el Panteón de San Fernando:

Isadora Duncan
1878-1927

Se le considera creadora de la Danza Contemporánea, al haber sido pionera en el uso de vestuarios distintos, bailar sin calzado y con movimientos “contorsionistas”, escandalosos en aquella época.

Murió trágicamente en Niza, cuando al subir a un automóvil convertible, la mascada de ceda que llevaba anudada en su cuello, se atoró en la ruedas del carro, causándole la muerte de forma instantanea. Fue sepultada en París, en el Cementerio de Père Lachaise.

La placa que se halla en San Fernando fue pintada por un grupo de admiradores,sin que se sepa hasta el momento quiénes fueron. Es notable, ya que Isadora Duncan jamás estuvo involucrada con nuestro país ni con el Panteón, aunque se especula que el general Plutarco Elías Calles, presidente de México en la época de su muerte, estaba enamorado de ella.

Es curioso el hecho de que la fecha del fallecimiento este equivocada.

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Sobre esta Plaza de la Solidaridad, todavía flota el fantasma del hotel Regis, donde un asta bandera sostenida por manos que representan las de aquellos que levantaron los escombros de la ciudad después de aquel trágico 19 de septiembre de 1985, queda en memoria de las víctimas del terremoto más infame que haya sufrido nuestra capital.

Para muchos menores de treinta años sólo es una plaza que no les produce ni un recuerdo, únicamente los refiere a un hecho histórico que no les tocó vivir o que simplemente su memoria pareció no registrar, un dato nada más, muchos tenemos un recuerdo de aquella mañana a las 7:19 de la mañana, cuando nos pareció a lo mucho un fuerte temblor y ya, pero que con el paso de los minutos, las horas, descubrimos la verdadera magnitud de los 8.1 grados en la escala de Richter, luego los días, y nos enterábamos de muertos, desaparecidos, pero también de rescatados y de gente solidaria.

En fin, la ciudad que resurgió otra vez de sus ruinas.

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Nuevamente queda de manifiesto el profundo olvido en el que cayeron nuestros grandes escultores de finales del siglo diecinueve y principios del veinte, que de no ser por sus obras, algunas, las cuales parecen destacar solas como si hubieran sido creadas de la nada, huérfanas y muchas veces sin nombre, ya que la memoria a través del tiempo ha borrado el título que su autor le dio a su escultura, caso muy distinto al de nuestros pintores y muralistas quienes son reconocidos ampliamente.

Esta es Flor de fango del escultor Enrique Guerra, concebida en el año 1908, que nos ve pasar por la Plaza de las Esculturas, aunque nosotros no nos detengamos a observarla; la historia de su autor es muy parecida a la de muchos de sus contemporáneos, nació el 8 de noviembre de 1871 y murió en 1943, estudio en la Academia de San Carlos donde fue alumno de José María Velásco y del escultor Miguel Noreña, posteriormente viajo a París y continuó sus estudios en la Academia de Bellas Artes y en la Academia Julián.

Mil gracias a las placas que acompañan a estas hermosas esculturas, ojalá que nunca se caigan y que jamás se las roben…

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A un lado de la Torre Latinoamericana, en el Atrio de San Francisco, se exhiben una docena de obras de Sebastián, todas de hierro con esmalte acrílico, Águila (2010), Tzompantli (1995), Sahuaro (1986), Arco de los Torus (1994), dos Columnas Binomio (1994), Columna Lugo (2003) y Anhelo adverso (2004).

Arriba la escultura El paso (2010), bajo estas lineas, Coyote (2005), luego dos ángulos de Binomio (1989), el primero con la Torre Latino de fondo, mientras que en la última imagen, Anillo conspicuo (1993), se aprecia atrás la Casa de los Azulejos.

Sebastián, cada vez más cerca de Bellas Artes.


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Según la mitología griega, Ariadna se enamoró de Teseo cuando este llego a Creta y le propuso ayudarle a derrotar a su hermano, el Minotauro, a cambio de que se la llevara con él de vuelta a Atenas y la convirtiera en su esposa, con lo que Teseo estuvo de acuerdo.

Teseo entró en el laberinto hasta encontrarse con el Minotauro, dandole muerte, y después de salir, de inmediato embarcó hacia Atenas acompañado por Ariadna y el resto de los atenienses que llegaron con él a Creta.

Tras hundir los barcos cretenses para impedir una posible persecución, Teseo hizo una escala en la isla Día y allí abandonó a Ariadna antes de partir hacia Atenas.

Cuenta la leyenda que un lagarto gigante intentó comerse Creta, Zeus lo petrificó de un flechazo, y así se formó Día.

Esta, nuestra Ariadna abandonada, no esta en Día, se encuentra en la Plaza de las Esculturas, frente a la Alameda a la altura del hemiciclo a Juárez, muy cerca del Desespoir de Agustín L. Ocampo y del Malgré Tout de Jesús F. Contreras, esculturas igualmente en bronce, contemporáneas de esta obra de Fidencio L. Nava.

Fidencio Lucano Nava nació en 1869 y murió en 1938, mientras que su Ariadna la creo en 1898 y aún a la fecha existe su original en el Museo Nacional de Arte.

¿Cuántas Ariadnas no habrán por toda la ciudad?

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Hablar por hablar…


Hay veces que empiezo la entrada de este blog con una imagen en particular, de algún edificio o escultura por ejemplo, pero al momento de rastrear la información simplemente encuentro poco o nada, entonces ligeramente comienzo a caer en uno de esos momentos estresantes, uno de aquellos que como que ponen un poco de malas y causan un leve dolor de cabeza… Así que cuando estoy a punto de rebasar ese limite, borro lo poco que tenga y empiezo de cero, con otra imagen que no especifique absolutamente nada, luego me concentro en hablar por hablar, o lo que es lo mismo, escribir por escribir, porque esto para mí siempre será un acto disfrutable, nunca una labor tediosa.

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