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Archive for 31 julio 2012


En el libro Las calles de México de Luis González Obregón, el autor narra la historia donde se explica el porqué a este tramo que va de Correo Mayor a la calle del Carmen se le conoció como la calle del indio triste.

A raíz de la conquista, el gobierno español se propuso proteger a los indios nobles, supervivientes de la vieja estirpe azteca; unos habían caído prisioneros en la guerra, y otros que voluntariamente se presentaron, con el objeto de servir a los castellanos alegando que habían sido víctimas de la dura tiranía en que los tuviera durante mucho tiempo el llamado Emperador Moctecuhzoma II o Xocoyotzin.

Pero hay que advertir que esta protección dispensada a esos indios nobles, no era la protección abnegada que les habían prodigado los santos misioneros, sino el interés de los primeros gobernadores, de las primeras Audiencias y de los primeros virreyes de la Nueva España, que utilizaban a esos indios como espías para que, en el caso de que los naturales intentasen levantarse en contra de los españoles, inmediatamente éstos lo supiesen y sofocaran el fuego de la conjura y así evitar cualquier levantamiento.

Cuenta pues la tradición citada, que en una de las casas de la calle que hoy se nombra 1a del Carmen, quizá la que hace esquina con la calle de Guatemala, antes de santa Teresa, vivía allá a mediados del siglo XVI uno de aquellos indios nobles que, a cambio de su espionaje y servilismo, recibía los favores de sus nuevos amos; y este indio a que alude la tradición, era muy privado del virrey que entonces gobernaba la Colonia.

El tal indio poseía casas suntuosas en la ciudad, sementeras en los campos, ganados y aves de corral. Tenía joyas que había heredado de sus antepasados; discos de oro, que semejaban soles o lunas, anillos, brazaletes, collares de verdes chalchihuites; bezotes de negra obsidiana; capas y fajas de finísimo algodón o de riquísimas plumas; cacles de cuero admirablemente adobado o de pita tejida con exquisito gusto; esteras o petates de finas palmas, teñidas con diversos colores; cómodos icpallis o sillones, forrados con pieles de tigres, leopardos o venados. En una palabra, poseía aquel indio todo lo que constituía para él y los suyos un tesoro de riquezas y obras de arte.

El indio, aunque había recibido las aguas bautismales y se confesaba, comulgaba, oía misa y sermones con toda devoción y acatamiento, commo todos los de su raza era socarrón y taimado, y en el interior de su casa, en el aposento más apartado, tenía un santocalli privado, a modo de oratorio particular, con imágenes cristianas, para rendir culto a muchos idolillos de oro y piedra que eran efigies de los dioses que más veneraba en su gentilidad.

Y así como practicaba piadosos cultos cristianos a fin de engañar con sus fingimientos a los benditos frailes, así también engañaba llevando la vida disipada de un príncipe destronado, sumido sin tasa en la malicia de los placeres carnales que le prodigaban sus muchas mancebas, o entregado a los vicios de la gula y de la embriaguez, hartándose de manjares picantes e indigestos y ahogándose con sendas jícaras y jarros de pulque fermentado con yerbas olorosas y estimulantes o con frutas dulces y sabrosas.

El indio aquel acabó por embrutecerse. Volviese supersticioso, en tal extremo, que vivía atormentado por el temor de las iras de sus dioses y por el miedo que le inspiraba el diablo, que veía pintado en los retablos de las iglesias, a los pies del Príncipe de los Arcángeles.

Las golosinas que le indigestaban, las bebidas con que se embriagaba y el abuso de las mujeres que le prodigaban besos y caricias, lo habían enflaquecido y aturdido a tal grado, que perdió la memoria y olvidó el papel que el virrey le había encomendado, esto es, que fuese espía continuo de sus paisanos, y cuando menos se dio cuenta, los suyos estaban tramando una conspiración tremenda, en la que serían degollados todos los castellanos y se habían de comer sus carnes y en la que les derrumbarian los templos, les quemarían las imágenes y al grito de “¡Viva nuestro rey y nuestro señor natural!”, que sería éste alguno de los descendientes de sus antiguos príncipes, no había de quedar ni sombra de lo que a sangre y fuego habían implantado Hernán Cortes y todos los conquistadores que con él vinieron a estas tierras.

El virrey supo a tiempo, por otro espía y traidor, lo de la conjura, y ejecutados los rebeldes con todo rigor, resolvió que no se debía de aplicar el mismo castigo al indio descuidado que no le había dado cuenta de la consipiración, tal vez porque lo vio flaco y consumido por los vicios y así ordenó que sólo se le secuestraran sus bienes, casas, sementeras, joyas, trajes y muebles.

El pobre indio, como se dice vulgarmente, se encontró de la noche a la mañana sin hogar ni amparo. Las mancebas lo abandonaron cuando lo vieron sin recursos. No tenía ya con qué satisfacer como antes los apetitos de su desordenada gula, ni con qué apagar su insaciable sed de pulque fermentado con yerbas aromosas o almirabadas frutas. Pero a poco, casi desnudo, buboso, hundidos los ojos, enjutas las carnes, que eran ya puros huesos, se mantenía de la caridad pública, y solitario, meditabundo, en cuclillas, es decir, sentado como se sentaban los indios, permanecía en la esquina de las calles que limitaban las casas que habían sido su magnífica morada.

En aquel sitio lo contemplaban, los más con desprecio, y muy pocos con piedad y los transeúntes que pasaban por aquellas calles se burlaban de él a todas horas. Algunos altivos y soberbios encomenderos, al tropezar con este pobre indio, le escupian y le daban puntapiés; pero algunas damas, niños o cléreigos, lo socorrían con pan, le daban agua o almendras de cacao de las que corrían como moneda en aquella época.

El indio desventurado, clavado en la esquina de la calle, se pasaba dias y noches enteras inmóvil, sentado a la usanza de los suyos, cruzado de brazos, posados sobre las rodillas, con la mirada vaga; mudo a veces, otras llorando lastimosamente; pero solo y triste.

La tristeza le consumía por los recuerdos de su pasada grandeza. Le torturaba la memoria la añoranza de las mujeres que le habían fingido amor. Le abrasaba la lengua la sed y sentía aún el ansia viva de la gula no satisfecha. Veía pasar ante él gentes indiferentes a su dolor y miseria, o que llenas de caridad lo compadecían, o que entre burlas le llamaban el indio triste.

Y cuenta la supradicha tradición, que el indio dejó de comer algunos días hasta dejarse morir de hambre, de sed, de melancolía infinita y de tristeza profunda; que unos frailes franciscanos recogieron su cuerpo inanimado de aquella esquina, en donde habían estado las casas de su morada y que lo llevaron en hombros para darle cristiana sepultura en el cementerio de la iglesia de Santiago Tlatelolco.

Y cuenta también la misma tradición, que el virrey, para ejemplar escarmiento de sus espias descuidados, ordenó que se labrara en piedra la efigie de aquel indio triste y llorón, que lo represntaba muy a lo vivo, sentado como él acostumbraba en aquella esquina, con los brazos cruzados sobre las rodillas, con los ojos llorosos y la lengua sedienta; y que aquella estatua se colocara en las citadas calles; y una vez concluida cuenta que estuvo muchos año en aquel sitio, hasta que fue quitada de allí y llevada, primero, a la Academia de Bellas Artes, donde la vio el año de 1794, el capitan Dupaix, y despues al Museo Nacional, en donde se puede ver ahora en el gran salón de monolitos.

Y cuenta, por último, la tradición, que las gentes que conocieron en vida al desgraciado y sin ventura indigena y contemplaron su estatua que perpetuaba en piedra su doliente melancolía, llamaron desde entonces a las dos calles en que vivió Calles del Indio Triste.

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Mural de David Alfaro Siquieros realizado en acrílico y piroxilina sobre madera forrada con tela entre 1957 y 1966.

El pueblo en armas, aparece acompañado por Francisco I. Madero, José María Pino Suárez, Venustiano Carranza, Emiliano y Eufemio Zapata, Francisco Villa, Felipe Ángeles, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, entre otros.

La mujer del lado derecho representa a la nación en llamas.

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El día de ayer se conmemoró el 687 aniversario de la fundación de la Gran Tenochtitlan, evento que sitúan durante el mes de julio sin precisar un día en particular, así después del medio día, una enorme cantidad de gente ataviada la mayoría a la usanza prehispánica se reunió en el Zócalo de nuestro Centro Histórico para extender sus brazos hacia los cuatro puntos cardinales entre el sonido de los tambores y el olor a incienso, formando un circulo en cuyo interior unos danzaban moviéndose de un lado a otro; la iniciativa para la realización de dicho evento fue del propio Gobierno del Distrito Federal.

Unas horas después se soltó sobre la Ciudad de México una fuerte tromba que provoco que la gente se dispersara transformando nuestra Plaza de la Constitución en una autentica laguna otra vez.

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Cara de cloruro de sodio


Este salero que mas bien parece una especie de teletubbie alterno, sufre un absceso de humedad tan común en estos tiempos de lluvia, nada que unos cuantos granos de arroz no puedan solucionar, un truco clásico pero muy efectivo.

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Escalera al cielo


¿Cuál podría ser el propósito de una ventana alta que debajo tiene varios escalones?

Todo tiene una razón de ser, pero es muy probable que la que le corresponde a este fragmento muy breve de nuestra ciudad, se haya extraviado en el olvido, eso pasa todo el tiempo.

Pareciera ser una forma de invitar al individuo que observa entre la penumbra a subir hacia el cielo… Y si, adivinaron, el sitio en cuestión se encuentra en el interior de una iglesia de nuestro Centro Histórico.

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El tiempo transcurre


El tiempo se escurre por los espacios, botando la pintura de las paredes, como si fueran las lagrimas entremezcladas del abandono y la desidia, simple ejemplo del paso del tiempo, aquel gran invento de la humanidad o mejor dicho interpretación, una teoría que nos habla sobre un pasado, un presente y un futuro.

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