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Posts Tagged ‘Calles Callejones y Avenidas’

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En la esquina de República de Chile y República de Cuba, justo sobre la placa, otra placa nos informa que en el pasado remoto ese tramo fue conocido como la calle del Esclavo, si nosotros tenemos interés, intentaremos averiguar la historia completa y así sin buscar más allá de las teclas de una computadora, uno puede encontrar al menos dos versiones, yo en lo personal me quedo con la siguiente por ser más factible.

En lo que hoy en día es República de Cuba, en algún momento de la Nueva España se le conoció como la calle de Medinas, debido a que ahí vivieron los señores Medina y Torres, en la casa marcada con el número 11, donde al fondo de la planta baja la servidumbre tenia sus cuartos, entre ellos, un esclavo, a quien después de muchos años de arduo trabajo finalmente sus amos le devolvieron su libertad en reconocimiento por su buen servicio, sin embargo el esclavo no quiso abandonar a sus amos, así que le permitieron quedarse en su antigua habitación, abriéndole una puerta hacia la calle que se le conocería como Calle del Esclavo, ahora República de Chile.

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Una calle que no es una calle cualquiera, es Cinco de Mayo, entre Tacuba y Madero ni más ni menos, posee el encanto de que al caminar sobre ella al fondo se alcanza a apreciar una de las campanas de Catedral.

Una noche no hace mucho, justo a un lado de aquella campana de piedra brillaba una enorme luna llena, desafortunadamente la cámara de mi celular que últimamente me ha dado problemas y el poco tiempo que me proporciono el semáforo en rojo, no me permitieron conseguir una mejor toma, así que con la pequeña ayuda de Picasa conseguí este resultado final, donde con un poco de imaginación podrán apreciar con una excelente nitidez la calle iluminada por el alumbrado publico y a la siniestra izquierda de la luna, esforzándose un poco más de la cuenta, podrán imaginar la enorme campana entre tinieblas…

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Lo que vemos aquí es la calle Isabel la Católica vista desde la esquina con Cinco de Mayo y en dirección hacia Tacuba, como en todas las calles, no sólo de nuestro Centro Histórico, sino de toda la ciudad, pareciera que todo mundo siempre anda a las carreras como dicen, sin embargo al menos esta calle tiene una razón verdaderamente histórica para en algún momento de la Nueva España haber sido conocida así.

Esta calle se llamó de las Carreras porque por ella en silencio huyeron los conquistadores durante el sitio de Tenochtitlan a la media noche del 30 de junio de 1520, cuando salieron del Palacio de Axayacatl cargados de los tesoros que habían obtenido de los Mexicas.

Notese que la placa que colocó la Dirección de Monumentos Coloniales y de la República tiene un pequeño error, cita el año 1521, pero como todos saben, o deberíamos saber, la Noche Triste fue en 1520.
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A la izquierda de esta primera imagen podemos ver el Centro Cultural Casa Talavera y al fondo la Plaza de la Águilita, ahora imaginemos otro tiempo durante el Virreinato cuando esto era un callejón y en las noches prendían una gran hoguera donde danzaban nahuales, mientras todo aquel que se atrevía a cruzar por ahí, lo hacía como dicen, pasando de carrera y haciendo la señal de la cruz.

Así pues, aquel nombre en la que hoy por hoy conocemos como Tercera calle de Talavera no es porque antes vendieran artículos para danza, como se podría suponer, el origen de dicho nombre tiene un motivo más obscuro y tenebroso como lo explica la leyenda:

Esta calle, situada junto al primer mercado de La Merced, se le llamó por muchos años El Callejón de la Danza o la Cueva de los Nahuales; resulta que, a mediados del siglo XVIII, en la antigua Ciudad de México había una gran aversión y mucho miedo por pasar o acercarse a cierto callejón muy apartado de la traza de la noble y leal ciudad española, pues en este sitio sucedían cosas sobrenaturales que costaban la vida a los atrevidos.

Cuentan que en ese callejón tenían lugar unas danzas infernales, alrededor de una hoguera a mitad de la calle. La danza practicada por nahuales con gestos diabólicos, cubiertos con plumas, armaban una gritería que causaba terror en el vecindario, todos se encerraban a cal y canto, temblando en medio de la oscuridad de sus aposentos. Dicen que la situación se complicaba pues, estos espectros, entraban a las casas a robar niños y mujeres de mal y buen ver. ¡Qué llanto el de las madres y de los desgraciados que habían perdido a sus hermanas, esposas, hijas!

Los habitantes del barrio suplicaban protección y justicia. Pero, la protección y la justicia a los indios, desde entonces, fallaba a pesar de la insistencia y la súplica. El terror en ese callejón hacía más largas las noches…

El tiempo paso y un jovenazo de veinte años, miembro del cuerpo de arcabuceros del virrey, decidió investigar intrigado por la historia y por la advertencia que escuchó decir al párroco de la iglesia de la Santísima Trinidad: “¡Queridos hermanos, por nada del mundo se acerquen a esa callejuela, no será a Dios ni a sus discípulos a los que se encuentren a su paso, sino a sus maléficos enemigos!”

Impresionado don Simón de Esnaurrízar, nuestro valeroso joven, cierta noche se envolvió en su capote, colocándose dos pistolas al cinto, con el arcabuz en mano y sin encomendarse a Dios ni al Diablo, se fue al dicho callejón; para que su ánimo no flaqueara se echó dos alipuses entre pecho y espalda.

Cauteloso se deslizó por los muros de las casas contiguas al callejón, se acercó y vio que la danza estaba en su apogeo: hombres y mujeres en pelotas, pintarrajeados y con plumas pegadas a la piel gemían al tiempo que saltaban alrededor de la lumbre. El valiente Simón penetró de un salto en el centro del grotesco aquelarre y a uno le dio sendo arcabuzazo, aqueste otro le descerrajó un tiro y a otro más lo atravesó con su toledana. Y mientras daba su propia lucha con los presuntos hijos de Satanás, don Simón de Esnaurrízar arremetía con su palabra:

-¡A mí los arcabuceros del Virrey! ¡A mí los corchetes!

Y este don Simón, que contaba con buena fortuna, recibió la ayuda de los soldados de una ronda que acudió al callejón al escuchar sus gritos y no sólo eso, sino que los asustados vecinos del barrio enterándose que eso estaba lejos de un aquelarre, salieron prestos a brindar su puño y aguerrida ayuda contra los presuntos nahuales, quienes pronto ingresaron al calabozo del Santo Oficio.

Con la excitación que el enfrentamiento había provocado, decidieron efectuar un minucioso registro de las casuchas habitadas por estos zánganos. No falto quien denunciara que en tal casa fuera habitada por un malviviente. Y, al poco rato de husmear y buscar, se encontraron con los infelices niños desaparecidos y con las mujeres de buen y mal ver, que en realidad todas estaban de muy mal ver por lo enflaquecidas que se encontraban envueltas en sus harapos.

A los chamacos, se supo, los enseñaban a pedir limosna en las plazas. Las madres, los esposos y hermanos de los niños y mujeres ultrajados estaban felices de reencontrarse con la querencia familiar después de tanto tiempo de ausencia, angustia, temor, impotencia y, sobre todo, de lucubraciones en torno a presuntos nahuales y seres infernales.

Por tal motivo se debió que por muchos años esta calle que hoy es República del Salvador y Talavera, se le República del Salvador y Talavera, se le conoció como el callejón de la Danza.
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En todas y cada una de las calles de nuestro Centro Histórico, enigmáticas y mágicas por tantísimo tiempo que ha corrido sobre ellas, si observamos con detenimiento detalles aparentemente insignificantes pero que suelen ser pistas a la vez demasiado obvias, podemos descubrir el México antiguo que se niega a desaparecer del todo, a pesar de la indiferencia y desinterés que nos cargamos.

Roldán es en apariencia una calle como cualquiera otra, excepto porque hace muchos años el tiempo y la historia navegaban sobre ella, era el paso obligado para los comerciantes que llegaban sobre sus canoas trajineras desde Xochimilco o Chalco a través de La Viga hasta llegar a la Acequia Real, así que de tan sólo saber que en el pasado este tramo era conocido como embarcadero y viendo la forma que tiene esta calle, uno no puede evitar imaginarse un poco como seria la vida en este lugar en aquel entonces.

Las trajineras ya no navegan por aquí y el tiempo jamás dejará de correr, pero nosotros siempre podemos caminar sobre lo que fuera la calle del embarcadero.
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Esta imagen capturada temprano casi al veinte para las ocho de la mañana, sobre el Corredor Peatonal Francisco I. Madero, nos muestra como no siempre esta saturado de individuos que recorren éste que es el paseo de todas las épocas de nuestra Ciudad, el cual desemboca en el Zócalo.

Así, sin tanto gentío se puede caminar con más calma, observar con mayor detenimiento, disfrutar un Centro Histórico desconocido para muchos, tranquilo como en sus antiguos tiempos, radiante por tanta quietud y por el sol del amanecer.

Vale la pena la desmañanada.

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Seria maravilloso que todos los días fueran como ese instante captado en pleno Paseo de la Reforma hace aproximadamente un mes, eran momentos de tranquilidad, todo era calma, la ciudad era nuestra, sin trafico, sin smog ni estrés flotando en el medio ambiente…

Este fenómeno poco común como los eclipses sin embargo se puede volver a repetir, sólo hay que tener paciencia y uno de estos días muy pronto, la ciudad volverá a ser nuestra.

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