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Posts Tagged ‘Catedral Metropolitana de la Ciudad de México’

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En la imagen destacan una de las dos enormes campanas de Catedral que Manuel Tolsá entregó hace unos docientos años, la cúpula de la capilla del Cristo de Santa Teresa la Antigua obra de Lorenzo de la Hidalga y Palacio Nacional que guarda tantísima historia entre sus paredes, pero además podemos apreciar en pleno Zócalo un área en estos momentos ocupada por la Feria de las Culturas Amigas, que nos ayuda a imaginar un poco lo que fue el famoso Parían que se ubicaba exactamente en ese sitio durante todo el siglo XVIII y hasta el año 1844 cuando fue demolido.

En su interior se comerciaba con las mercancías filipinas traídas por la Nao de la China, objetos exóticos y de lujo que sólo los ricos de la Nueva España podían adquirir, mientras todos los demás simplemente se conformaban con ver, la Feria de las Culturas Amigas resulta ser una especie de Parían donde también se puede encontrar lo exótico y lo caro, por eso muchos preferimos únicamente ver y comer algo de Sudamérica, de Medio Oriente o de donde sea, que tal vez no nos guste tanto, si ese es el caso, entonces terminaremos apreciando los típicos antojitos mexicanos.
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Durante el proceso de implementación de luminarias para la fachada de la Catedral Metropolitana, que consistirá en la colocación de 8 postes de 15 m de altura sobre la banqueta, se realizó el hallazgo de una lápida de uso funerario a 1.25 m de profundidad que data de la primera mitad del siglo XVI, en lo que fue la primera catedral construida por encargo de Hernán Cortés en 1524, la lápida de piedra tallada de 1.87 m de largo, 90 cm de ancho y un espesor de 30 cm, contiene escritura en castellano antiguo alusiva a Miguel de Palomares, canónigo español que fue integrante del primer cabildo eclesiástico de la Catedral de México, durante el obispado de fray Juan de Zumárraga.

Miguel de Palomares, natural de Calahorra y clérigo de Cuenca, llego a México alrededor de 1524, falleciendo en la Capital de la Nueva España en 1542, tres flores de lis talladas hacia la parte media del monumento funerario hacen suponer que pudo estar vinculado a la orden dominica.

La pregunta es ¿cuántos afortunados descubrimientos le faltan a nuestra maravillosa Ciudad de México?, ¿cuántos museos podrían ser creados con estos afortunados descubrimientos?

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Este sábado el Zócalo de nuestro Centro Histórico será nuevamente testigo de otro hecho relevante para ésta ciudad, para ello como de costumbre, se adapta al evento modificando su funcionamiento habitual, el acceso a la llamada plancha del Zócalo permanece restringido hasta la hora del evento.

Quizá uno de los primeros acontecimientos que le toco ver, aún sin tener la forma que tiene ahora, fue la llegada de Hernán Cortés y sus huestes, ya como Plaza de Armas la inauguración del Caballito de Tolsá, los momentos en que emergieron de sus profundidades la Piedra del Sol y la Coatlicue, la Decena Trágica, la mañana del 11 de enero 1967 cuando cayó nieve en la Plaza de la Constitución, preludio de la presencia de pistas de hielo en años recientes, la sesión fotográfica de Spencer Tunick, el memorable concierto de Paul McCartney, la filmación de Spectre con la presencia de James Bond y ahora la presencia del Papa Francisco que se espera reuna aproximadamente unas sesenta mil personas o almas.

Las actividades para este sábado inician por ahí de las ocho de la mañana e incluyen una visita oficial a Palacio Nacional, una misa en la Catedral Metropolitana y la entrega de las llaves de la ciudad por parte del Jefe de Gobierno de la Ciudad de México.
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Bajo el lema “crea con tu propia moneda un recuerdo”, esta maquina hace el “milagro” de transformar una ruin moneda de un peso en una sagrada medallita de recuerdo con la imagen que uno desee, a escoger entre la Catedral de México, la Virgen de Guadalupe, el Cristo Negro y el Ángel de la Independencia, previamente depositando otra moneda de diez pesos, mismos que son destinados a labores de mantenimiento de nuestra Catedral Metropolitana, ¿pero, no es un delito la destrucción de la moneda nacional?, sí lo es, por eso nos avisan como de costumbre con letras chiquitas lo siguiente “el maltrato de la moneda esta penalizado por la ley, es tu responsabilidad si la dañas”.
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Este año la Feria Internacional del Libro en el Zócalo de la Ciudad de México fue complementada con una estructura que sirvió de base para un mural realizado por cinco grafiteros, Nazario García García del FARO de Oriente, Ángel Silva “Noise”, David Saldaña Ortega “David SA”, Enrique Muñoz “Noble” originarios de Morelos y David Robert Thomas, “Bonzai” del Reino Unido.

Podría haber usado otra imagen donde se mostrará la totalidad del mural, pero esta perspectiva me pareció más significativa.

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Ubicada en el norte del Zócalo capitalino, fue construida entre los años de 1578 a 1813, el estilo de la Catedral es una combinación de la arquitectura colonial de México que va desde el Barroco hasta el Neoclásico.

Actualmente el interior se encuentra sostenido de andamios y estructuras que luchan por detener el hundimiento irregular de la misma, se calcula un hundimiento de 2.20 mts. aproximadamente, la razón principal se debe a la extracción de agua del subsuelo y que la ciudad fue construida encima de un lago.

Data in situ

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Tradición de la calle de Porta Coeli.

Se llama ahora 6ª de Capuchinas.

Don Fermín Andueza era muy madrugador, no soportaba que la mañana se levantase primero que él, antes que asomara la luz ya estaba velando, y apenas esclarecía, salía a la calle envuelto en su negra capa. De entre los pliegues emergía la noble cabeza del caballero, tocada con sombrero de gran falda a la chamberga, y sobre el embozo resaltaba la blancura de una mano larga y pulida con sortija de oro, en la que un diamante fulguraba vivas luces, con gran devoción a oía la misa, pero tanto al entrar como al salir del templo, se detenía frente al crucifijo de gran talla, cuya amarillenta blancura resaltaba entre los oros de un altar plateresco, después, tornaba lentamente a su casa.

El caballero, lleno de humildad, le ofrecía el incienso de su oración, y tras esa plegaria se alzaba e iba a besar los pies, rojos y negros de sangre coagulada, y ponía unas monedas de oro en el plato petitorio. Invariablemente, día a día, hacia esto don Fermín Andueza.

Era un hombre rico que poseía bastantes propiedades, pero eran más grandes las riquezas que había en su alma. De ella manaba toda excelencia, se encerraban en su ser todas cuantas bondades hay, de infinita piedad con el pobre, le daba la mano y le ofrecía sus servicios con toda voluntad, iba aliviando trabajos con sus generosos beneficios, quitando el hambre a quien lo necesitase.

Ismael Treviño le tenía grandes celos a éste señor, quien a nadie daba nada de lo suyo, desconocía el íntimo goce de hacer beneficios, era de esos seres a quienes pesa el bien ajeno, que se alegran de ver caído al prójimo y se entristecen de mirarlo progresar; a don Ismael le entró la polilla de la envidia, con la que se estaba carcomiendo por dentro, dondequiera hablaba mal de don Fermín Andueza y cuando delante de él decían un elogio, algún cumplido a don Fermín, se ponía amarillo y miraba con semblante amargo.

Don Ismael Treviño era de esos que con aguda vista ven los males ajenos, pero no los suyos, pues siempre traía sus apetitos alterados con más olas que el mar del océano, se tragaba el camello y se ahogaba con el mosquito.

¿Pero ese odio de dónde vino?…
¿De dónde salió a don Tomás Treviño esa envidia que le traía recocidas las entrañas, herido el corazón?…
Los celos lo atizaban a cada hora, y así no sabía sino morder y acusar y con esa pasión desmesurada le cegó el entendimiento sin dejarle luz de razón, y así le empezó a impedir con mil estorbos sus negocios; pero mas parecía que eran impulsos que les daba, porque le salían mejor a don Fermím, con grandes ganancias. Entonces su envidia la cambió por odio y empezó a abrazarse el alma con infernal aborrecimiento, esta abominación le dijo un día que lo matara, y se quedó saboreando con deleite ese consejo, que venía del diablo.

Después de meditar ese aviso y aprobarlo, pensó mucho sobre cómo quitar la vida: con puñal, con arma de fuego o con veneno. Su naturaleza cobarde rechazó daga y pistolete, porque aunque podía alquilar un brazo ejecutor, temió que lo descubriera al fin la justicia y que luego lo señalase; así que se decidió por el veneno, con la que de lejos se operaba y con menos riesgo.
Buscó y halló a un hombre que le puso en una redoma una cierta agua de lindo color azul, que no daba la muerte en el acto, sino que poco a poco se derramaba y distribuía por todo el cuerpo y al fin, después de días, apagaba la existencia suavemente sin dolores …

Bañó con ese líquido un gran pastel de hojaldre que, muy caliente y dorado, envió a don Fermín, mandandole decir que era obsequio de su amigo, el regidor perpetuo del Ayuntamiento, que lo disfrutara en el desayuno, acompañado de su fragante tazón de chocolate. Y así lo hizo complacidísimo don Fermín.

Don Ismael, curioso de ver qué efectos le había ocasionado el líquido, se puso a seguirlo cuando, por la mañana, salió de su casa para ir a Porta Coeli, lento, erguido, majestuoso y saludando a todos los que encontraba por su camino con afable sencillez. En la iglesia de donde salió a recibirlo un suave olor de cera y de incienso, se acercó al Santo Cristo, dijo devotamente las oraciones que tenía por costumbre y fue a adorar después con gran reverencia, los pies ensangrentados; pero apenas puso en ellos los labios, en el acto se obscurecieron más, y la ola negra empezó a subir rápidamente por todo el cuerpo del Cristo hasta quedar como si estuviese tallada en ébano. Muchos devotos que rezaban ante el Cristo contemplaron aquella negrura profunda que invadía el cuerpo y empezaron a dar voces de asombro al mirarlo, cuando hacia pocos instantes que era de una marfileña blancura.

Don Fermín quedó pasmado. ¿Qué tendría, dijo, que al contacto de sus labios se puso negro el Santo Cristo?…

Don Ismael Treviño, en un gran impulso cortó el rencor del alma, fue a dar a los pies del generoso caballero y le confesó a gritos que lo había querido envenenar y que Cristo, como una esponja generosa, absorbió el veneno que llevaba ya por el cuerpo, librándolo así de una muerte segura.

Don Fermín le dijo, con delicadas y tiernas palabras, que lo perdonaba, y para darle buenas pruebas de ello lo abrazó con muy efusivo cariño, como si fuera ese hombre malvado, un hermano ausente y querido a quien no hubiese visto en mucho tiempo.

Varias personas de las allí presentes se llenaron de furor y quisieron aprehenderlo, llevarlo a la cárcel; pero don Fermín les rogó con encarecidas palabras que lo dejasen ir en paz, porque él ya había olvidado el agravio, y que sólo les pedía que se arrodillaran a dar gracias al Cristo. Don Ismael Treviño salió de Porta Coeli pálido, cabizbajo, lento… Ese mismo día abandonó la ciudad y nadie volvió a saber de él. Como se extendió la noticia por todo México de aquel raro acontecimiento tanto don Fermín de Andueza como los innumerables beneficiados por su generosidad, le llevaban a diario velas de ofrenda al Santo Cristo negro; cierta tarde cayó una vela y la santa imagen se abrasó en fuego y recién iniciado el incendio, ardió y se volvió cenizas; tiempo después fue reemplazado con otro Cristo, también negro, el cual es el que ahora conocemos en el altar de la Catedral, lleno de exvotos de plata y de oro.

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