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Posts Tagged ‘La Merced’

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En la calle De La Santísima, entre Soledad y Emiliano Zapata, podemos encontrar varios negocios especializados en productos de Oaxaca, pero el origen de todo esto, es éste local llamado Aquí es Oaxaca, que inicio en 1960 y desde entonces siguen ofreciendo productos de excelente calidad, como los tamales de mole negro, amarillo, chepil, frijol, la carne enchilada, chorizo, tasajo, quesillo, nata, pan, dulces, pinole, tejate, agua de chilacayota y mezcales.

Si usted piensa que ya conoce las tlayudas porque las ha probado afuera del metro Zócalo, aquí podrá conocer la autentica tlayuda, la de Oaxaca, por cierto, no deje de probar el riquísimo tamal de mole negro.

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A la izquierda de esta primera imagen podemos ver el Centro Cultural Casa Talavera y al fondo la Plaza de la Águilita, ahora imaginemos otro tiempo durante el Virreinato cuando esto era un callejón y en las noches prendían una gran hoguera donde danzaban nahuales, mientras todo aquel que se atrevía a cruzar por ahí, lo hacía como dicen, pasando de carrera y haciendo la señal de la cruz.

Así pues, aquel nombre en la que hoy por hoy conocemos como Tercera calle de Talavera no es porque antes vendieran artículos para danza, como se podría suponer, el origen de dicho nombre tiene un motivo más obscuro y tenebroso como lo explica la leyenda:

Esta calle, situada junto al primer mercado de La Merced, se le llamó por muchos años El Callejón de la Danza o la Cueva de los Nahuales; resulta que, a mediados del siglo XVIII, en la antigua Ciudad de México había una gran aversión y mucho miedo por pasar o acercarse a cierto callejón muy apartado de la traza de la noble y leal ciudad española, pues en este sitio sucedían cosas sobrenaturales que costaban la vida a los atrevidos.

Cuentan que en ese callejón tenían lugar unas danzas infernales, alrededor de una hoguera a mitad de la calle. La danza practicada por nahuales con gestos diabólicos, cubiertos con plumas, armaban una gritería que causaba terror en el vecindario, todos se encerraban a cal y canto, temblando en medio de la oscuridad de sus aposentos. Dicen que la situación se complicaba pues, estos espectros, entraban a las casas a robar niños y mujeres de mal y buen ver. ¡Qué llanto el de las madres y de los desgraciados que habían perdido a sus hermanas, esposas, hijas!

Los habitantes del barrio suplicaban protección y justicia. Pero, la protección y la justicia a los indios, desde entonces, fallaba a pesar de la insistencia y la súplica. El terror en ese callejón hacía más largas las noches…

El tiempo paso y un jovenazo de veinte años, miembro del cuerpo de arcabuceros del virrey, decidió investigar intrigado por la historia y por la advertencia que escuchó decir al párroco de la iglesia de la Santísima Trinidad: “¡Queridos hermanos, por nada del mundo se acerquen a esa callejuela, no será a Dios ni a sus discípulos a los que se encuentren a su paso, sino a sus maléficos enemigos!”

Impresionado don Simón de Esnaurrízar, nuestro valeroso joven, cierta noche se envolvió en su capote, colocándose dos pistolas al cinto, con el arcabuz en mano y sin encomendarse a Dios ni al Diablo, se fue al dicho callejón; para que su ánimo no flaqueara se echó dos alipuses entre pecho y espalda.

Cauteloso se deslizó por los muros de las casas contiguas al callejón, se acercó y vio que la danza estaba en su apogeo: hombres y mujeres en pelotas, pintarrajeados y con plumas pegadas a la piel gemían al tiempo que saltaban alrededor de la lumbre. El valiente Simón penetró de un salto en el centro del grotesco aquelarre y a uno le dio sendo arcabuzazo, aqueste otro le descerrajó un tiro y a otro más lo atravesó con su toledana. Y mientras daba su propia lucha con los presuntos hijos de Satanás, don Simón de Esnaurrízar arremetía con su palabra:

-¡A mí los arcabuceros del Virrey! ¡A mí los corchetes!

Y este don Simón, que contaba con buena fortuna, recibió la ayuda de los soldados de una ronda que acudió al callejón al escuchar sus gritos y no sólo eso, sino que los asustados vecinos del barrio enterándose que eso estaba lejos de un aquelarre, salieron prestos a brindar su puño y aguerrida ayuda contra los presuntos nahuales, quienes pronto ingresaron al calabozo del Santo Oficio.

Con la excitación que el enfrentamiento había provocado, decidieron efectuar un minucioso registro de las casuchas habitadas por estos zánganos. No falto quien denunciara que en tal casa fuera habitada por un malviviente. Y, al poco rato de husmear y buscar, se encontraron con los infelices niños desaparecidos y con las mujeres de buen y mal ver, que en realidad todas estaban de muy mal ver por lo enflaquecidas que se encontraban envueltas en sus harapos.

A los chamacos, se supo, los enseñaban a pedir limosna en las plazas. Las madres, los esposos y hermanos de los niños y mujeres ultrajados estaban felices de reencontrarse con la querencia familiar después de tanto tiempo de ausencia, angustia, temor, impotencia y, sobre todo, de lucubraciones en torno a presuntos nahuales y seres infernales.

Por tal motivo se debió que por muchos años esta calle que hoy es República del Salvador y Talavera, se le República del Salvador y Talavera, se le conoció como el callejón de la Danza.
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En esta casa el 14 de enero de 1920 nació el compositor Salvador “Chava” Flores, quien fuera el cronista musical de la Ciudad de México, eso es lo que nos informa una placa que al menos respetan al no cubrirla con su anuncio de “blusas 2 x $100”, la placa se encuentra junto a la entrada del edificio que se ubica en el numero 66 de la Soledad en la Merced, dicha entrada ahora se ha transformado en un local de ropa, y de hecho, la construcción luce rodeada por ambulantes.

Cuanta razón tenia el propio Chava Flores al decir que cuando él era un niño tenía su México un no sé qué, la imagen ilustra perfectamente su sentir, nos demuestra que ya no es lo que solía ser, ¿cómo era en su tiempo este barrio?, su canción Mi México de ayer nos ayuda un poco a usar la imaginación.

Una indita muy chula tenía su anafre en la banqueta,
su comal negro y limpio, freía tamales en la manteca
y gorditas de masa, piloncillo y canela,
al salir de mi casa compraba un quinto para la escuela.

Por la tarde a las calles sacaban mesas limpias, viejitas,
nos vendían sus natillas, arroz de leche en sus cazuelitas,
rica capirotada, tejocotes en miel
y en la noche un atole tan champurrado que ya no hay de él.

Estas cosas hermosas por que yo así las vi,
ya no están en mi tierra, ya no están más aquí,
hoy mi México es bello como nunca lo fue,
pero cuando era niño tenía mi México un no sé qué.

Empedradas sus calles, eran tranquilas bellas y quietas,
los pregones rasgaban el aire limpio, vendían cubetas,
tierra pa’ las macetas, la melcocha, la miel,
chichicuilotes vivos, mezcal en penca y el aguamiel.

Al pasar los soldados salía la gente a mirar inquieta,
hasta el tren de mulitas se detenía oyendo la trompeta,
las calandrias paraban, sólo el viejito fiel
que vendía azucarillos improvisaba el verso aquél:

“Azucarillos de medio de a real para los niños qui queran mercar”

Estas cosas hermosas por que yo así las vi,
ya no están en mi tierra, ya no están más aquí,
hoy mi México es bello como nunca lo fue,
pero cuando era niño tenía mi México un no sé qué.

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En todas y cada una de las calles de nuestro Centro Histórico, enigmáticas y mágicas por tantísimo tiempo que ha corrido sobre ellas, si observamos con detenimiento detalles aparentemente insignificantes pero que suelen ser pistas a la vez demasiado obvias, podemos descubrir el México antiguo que se niega a desaparecer del todo, a pesar de la indiferencia y desinterés que nos cargamos.

Roldán es en apariencia una calle como cualquiera otra, excepto porque hace muchos años el tiempo y la historia navegaban sobre ella, era el paso obligado para los comerciantes que llegaban sobre sus canoas trajineras desde Xochimilco o Chalco a través de La Viga hasta llegar a la Acequia Real, así que de tan sólo saber que en el pasado este tramo era conocido como embarcadero y viendo la forma que tiene esta calle, uno no puede evitar imaginarse un poco como seria la vida en este lugar en aquel entonces.

Las trajineras ya no navegan por aquí y el tiempo jamás dejará de correr, pero nosotros siempre podemos caminar sobre lo que fuera la calle del embarcadero.
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