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Archive for 27 febrero 2013

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Frente a lo que fue el convento de San Jerónimo en nuestro Centro Histórico, se encuentra este monumento de la Décima Musa mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz.

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, insigne mística y poetisa mexicana, autora del “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis…”, quien aprendió a leer y escribir a los tres años, aprendió todo cuanto era conocido en su época, aficionada a los libros, leyó a los clásicos griegos y romanos, y la teología del momento, aprendió latín en veinte lecciones, su afán de saber era tal que intentó convencer a su madre de que la enviase a la Universidad disfrazada de hombre, puesto que las mujeres no podían acceder a ésta; se dice que al estudiar una lección, cortaba un pedazo de su propio cabello si no la había aprendido correctamente, pues no le parecía bien que la cabeza estuviese cubierta de hermosuras si carecía de ideas.

Ingresó en la Orden de San Jerónimo, donde habitó hasta el día de su muerte en 1695, ahí tenía una celda de dos pisos y sirvientas, los estatutos de la orden le permitían estudiar, escribir, celebrar tertulias y recibir visitas, pero hacia 1693 dejó de escribir y pareció dedicarse más a labores religiosas al parecer debido a una conspiración misógina tramada en su contra, tras la cual fue condenada a dejar de escribir y se le obligó a cumplir lo que las autoridades eclesiásticas consideraban las tareas apropiadas de una monja.

Así en ese mundo dominado por hombres donde una mujer mas inteligente que ellos les parecía una aberración, Sor Juana Inés de la Cruz se despidió de la pluma escribiendo: “A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo”; tras renunciar a su verdadera vocación que ante los ojos de los religiosos les parecía mundana, se dedica a cuidar a las monjas contagiadas durante la gran epidemia que asoló al convento y a la capital de la Nueva España, contagiandose ella también y muriendo a las cuatro de la mañana del 17 de abril en ese sitio que hoy se le conoce como la Universidad del Claustro de Sor Juana.

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En la pequeña Sala de Lectura del Museo El Estanquillo entre más de tres mil libros, unos de literatura y otros de historia, reposan las cenizas de Carlos Monsiváis en una urna de barro pintada al óleo donde un gato juega con su pelota, la Gaturna fue un regalo postumo para Monsiváis, elaborada por Francisco Toledo.

Una placa junto a la urna reproduce el texto que leyó Elena Poniatowska el 19 de junio de 2011 durante el homenaje que le rindieron a Carlos Monsiváis:

La urna la hizo Francisco Toledo y su forma, su volumen, su redondez de tierra, la convierte en un abrazo, un recibimiento excepcional. La urna acoge, cobija, se ahonda, suena a barro. Lentamente pulida, brilla trabajada por las manos del buen alfarero, del creador y del artesano, del que sí sabe hacer las cosas y, sobre todo, sabe rendir homenaje al amigo. Es una urna de extraordinario carácter que refleja los muchos experimentos técnicos que ha hecho Toledo con el barro, la madera, todas las sutilezas de la materia, pero sobre todo el sagrado sentido de la vida. Cuando la vi pensé que William Blake le cantaría como al tigre que brilla en la selva de la noche y le pregunta qué mano inmortal lo hizo, quien construyó su temible simetría. En realidad, la urna es un gato que se redondea sobre sí mismo para dormir su larga vida de siete vidas. Envuelto en su cola, su pelambre resalta por encima del barro y su cabeza de gato tiene la cara del Monsiváis de los buenos días, el que sonreía.

La urna tiene símbolos ocultos, códices y máscaras del México antiguo, la urna es un organismo viviente en el que todo se corresponde, el agua que sigue cantando en el barro, las sutilezas de la materia, su complejidad, responden a las huellas digitales de las yemas de los dedos de Toledo que moldearon esta corona mortuoria. Porque en verdad, la urna es una corona. Y en verdad también, sólo Toledo podía coronar a Monsiváis.

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En la esquina de la avenida 5 de mayo y la calle de Bolívar del Centro Histórico, se encuentra La Palestina, almacenes de talabartería fundada en 1884, que conserva frente a sus aparadores unos barandales en bronce decorados con varias cabezas de caballos que rematan en una sola pata, simulando la forma de hipocampos, donde sus clientes de finales del siglo diecinueve y los de principios del siglo veinte amarraban sus caballos para entrar a comprar algún producto de curtido y manejo de piel para objetos usados en la monta de caballos, entre ellos, cuentan que en los tiempos de la Revolución, la Palestina recibió la visita de Pancho Villa y Emiliano Zapata.
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En lo que la sombra alcanza al templo de la Profesa, los pichones que se cuelgan de su antiquísima fachada se escapan de los rayos del sol y aguardan en el edificio de enfrente al otro lado de Madero.

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Centenario del Ejército

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En conmemoración del centenario del Ejército, el cual fue reagrupado por el entonces gobernador de Coahuila, Don Venustiano Carranza, como reacción al golpe de estado que dio Victoriano Huerta contra Francisco I. Madero durante la Decena Trágica, la exposición “Fuerzas Armadas, pasión por servir a México” permanece desde el pasado viernes 15 de febrero y hasta el 6 de marzo en el Zócalo.

El 19 de febrero de 1913, Carranza promulgó un decreto para que todos los movimientos de insurrección fueran organizados y unificados en un mismo ejército, lo que dio origen formalmente al ejército revolucionario, considerado como el primer Ejército Constitucionalista en México.

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Algo que todo transeúnte agradece en la ciudad, es una buena banca en el camino para reponer un poco las energías, pero esta, la que diseñó Pedro Friedeberg en el 2006, va más allá del simple acto de sentarse a descansar un rato, tanto así que cuando uno caminaba por el Paseo de la Reforma, a la altura del Ángel de la Independencia, era improbable, casi imposible encontrar esta banca disponible a pesar de carecer del mejor complemento de toda banca, la sombra de un árbol, sin embargo de pronto un buen día desapareció sin dejar rastro, desapareció aunque no de mi recuerdo.

Pero justo hace unos cuantos días caminando por las Calles del Centro Histórico, al pasar a espaldas de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la calle de San Jerónimo, ahí estaba, esplendida como siempre, sorprendiéndome, haciéndome su diálogo de banca, proponiéndome: siéntate en mis manos, y acepte tan sólo para tomarme la foto, un sitio más para agregar a mis favoritos.

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Frontispicio

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Hay casas donde sólo queda la fachada insinuando ya muy poco lo que solían ser, más que casas abandonadas, son casas fantasmas que cuando se mira a través de sus balcones se puede observar un cielo azul o gris dependiendo del tiempo, pero sin poder evitar imaginar como eran sus alcobas y amplias salas durante sus épocas de esplendor, fachadas agredidas por el tiempo y por las gentes.

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Mientras que sigan existiendo en esta ciudad individuos irresponsables, inconscientes, atolondrados que arrojen sus chicles a la vía publica, a estos señores jamás les faltará trabajo…

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Pueden observar en la imagen al menos tres anunciantes que ofrecen en venta o renta departamento para aquellos que salen del metro hacia la Escuela Normal de Maestros en la avenida México-Tacuba…

No habría nada de malo en ello excepto por un pequeñísimo detalle, la superficie usada que además se aprecia grafiteada, es la escultura de Sebastián que conmemora la Matanza del Jueves de Corpus en esta área el 10 de junio de 1971; con ganas de llamarle al celular y faltarle el respeto como él lo hizo con esta obra de arte urbana, lo peor de todo es que aún no cumple siquiera los dos años y ya se encuentra en estas condiciones, por si fuera poco, los puestos ambulantes la hacen deslucir todavía más.

Es terrible que en un objeto tan bello, por ahora se manifieste lo feo, y digo por ahora porque espero le devuelvan su aspecto original, casi estoy seguro que tarde o temprano así será, de lo que por desgracia no estoy tan seguro, es de que dure.
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Hace exactamente cien años, en la mañana del 9 de febrero, un ejercito de rebeldes al mando del general Bernardo Reyes, quien recién había sido liberado de la prisión de Santiago Tlatelolco, llegó al Zócalo con la intención de ocupar Palacio Nacional, donde ya los esperaba una línea de tiradores leales a Madero.

El general Lauro Villar encargado de la defensa salió al encuentro y frente a la presencia de una multitud de curiosos solicitó tres veces a Reyes que depusiera las armas, por su parte éste intentó convencerlo para que se uniera al movimiento golpista.

Debido a la negativa de Villar, Reyes intentó irse encima de él en su cabalgadura, lo que desató una profusión de disparos.

Reyes fue de los primeros en morir acribillado, mientras que Lauro Villar salió herido en el hombro izquierdo.

Los leales tuvieron 43 bajas y los rebeldes aproximadamente 115.

Hubo 805 víctimas en total, la mayor parte civiles.

Así comenzó la Decena Trágica, que culmino con la renuncia y los asesinatos del Presidente Francisco I. Madero y del Vicepresidente José María Pino Suárez a espaldas de Lecumberri, recayendo la presidencia interina en el Ministro de Relaciones Exteriores Pedro Lascuráin Paredes quien durante su gestión, que sólo duro 45 minutos, tomó protesta, nombró a Victoriano Huerta Secretario de Gobernación y después presentó su renuncia, por lo que al estar vacante la Secretaría de Relaciones Exteriores, Huerta accedió a la presidencia por mandato constitucional, de esta manera se concreto la usurpación, a todas luces legal, pero repleta de traiciones.

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