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Posts Tagged ‘LetrasCDMX’


Haciendo círculos de jade está tendida la ciudad,
irradiando rayos de luz cual pluma de quetzal está aquí México:
junto a ella son llevados en barcas los príncipes:
sobre ellos se extiende una florida niebla.

¡Es tu casa, Dador de la vida, reinas tú aquí:
en Anáhuac se oyen tus cantos:
sobre los hombres se extienden!

Aquí están en México los sauces blancos,
aquí las blancas espadañas:
tú, cual garza azul extiendes tus alas volando,
tú las abres y embelleces a tus siervos.

Él revuelve la hoguera,
da su palabra de mando
hacia los cuatro rumbos del universo.

!Hay aurora de guerra en la ciudad!

Colección de Cantares Mexicanos, Biblioteca Nacional de México.

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Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.

Soy el llanto invisible
de millares de hombres.

Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.

Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?
Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.

Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.

Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.

Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!

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Lo que sigue es un fragmento de La mujer que no, donde Jorge Ibargüengoitia nos presta sus personajes, mientras nosotros le prestamos nuestra ciudad, para hacer un ejercicio mental a través de imaginarnos a Jorge y a ella por las calles de la Ciudad de México.

Debo de ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré…

En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién, o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional.

La foto de la que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus grandes ojos almendrados, el pelo estirado hacia atrás, dejando al descubierto dos orejas enormes, cercanas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo… su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.

Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cercanos a Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un medio día brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. ¡Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una docena de veces era mucho. Le puse una mano en la garganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y con hijos, que yo había tenido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impulsos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos.

Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de en medio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importante, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza… hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.

Después del accidente, fuimos al SEP de Tamaulipas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.

Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha… fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal parte”; y desapareció.

Las estatua pornográfica de la imagen es la versión en bronce de Malgré Tout del escultor Miguel Noreña.

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En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Sor Juana Inés de la Cruz

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8 de Junio de 1692

A nada, de cuanto he dicho que pasó esta tarde, me hallé presente, porque me estaba en casa sobre mis libros y aunque, yo había oído en la calle parte del ruido, siendo ordinario los que por las continuas borracheras de los indios nos enfadan siempre, ni aún se me ofreció abrir las vidrieras de la ventana de mi estudio para ver lo que era, hasta que, entrando un criado casi ahogando, se me dijo a grandes voces: “¡Señor, tumulto!” Abrí las ventanas a toda prisa y, viendo que corría hacia la plaza infinita gente, a medio vestir y casi corriendo, entre los que iban gritando. “¡Muera el virrey y el corregidor, que tienen atravesado el maíz y nos matan de hambre!”, me fui a ella.

Llegué en un instante a la esquina de la Providencia y, sin atreverme a pasar delante me quedé atónito. Era tan extremo tanta la gente, no sólo de indios sino de todas castas, tan desentonados los gritos y el alarido, tan espesa la tempestad de piedras que llovía sobre el palacio, que excedía el ruido que hacían en las puertas y en las ventanas al de más de cien cajas de guerra que se tocasen juntas; de los que no tiraban, que no eran pocos, unos tremolaban sus mantas como banderas y otros arrojaban al aire sus sombreros y burlaban a otros; a todos les administraban piedras las indias con diligencia extraña; y eran entonces las seis y media.

Por aquella calle donde yo estaba (y por cuantas otras desembocan a las plazas sería lo propio) venían atropellándose bandadas de hombres. Tratan desnudas sus espadas los españoles y, viendo lo mismo que allí me tenían suspenso, se detenían; pero los negros, los mulatos y todo lo que es plebe gritando: “¡Muera el virrey y cuantos lo defendieren!”, y los indios: “¡Mueran los españoles y gachupines (son los venidos de España) que nos comen nuestro maíz! “, y exhortándose unos a otros a tener valor, supuesto que ya no había otro Cortés que los sujetase, se arrojaban a la plaza a acompañar a los otros a tirar piedras. “¡Ea, señoras!”, se decían las indias en su lengua unas a otras, “¡vamos con alegría a esta guerra y, como quiera Dios que se acaben en ella los españoles, no importa que muramos sin confesión!” ¿No es nuestra esta tierra? Pues ¿qué quieren en ella los españoles?
No me pareció hacía cosa de provecho con estarme allí y, volviendo los ojos hacia el palacio arzobispal, reconocí en su puerta gente eclesiástica y me vine a él; dijo el provisor y vicario general, que allí estaba, que subiese arriba y, refiriéndole al señor arzobispo en breve cuanto habla visto, queriendo ir su señoría ilustrísima a la plaza, por si acaso con su autoridad y presencia, verdaderamente respectable, cariñosa y santa, se sosegaba la plebe, con otros muchos que le siguieron, le acompañé.

Precedía el coche (pero vacío porque iba a pie) y bien arbolada la Cruz para que la viesen, entró en la plaza. No pasábamos de los portales de Providencia, porque, reconociendo habían ya derribado a no sé cuál de los cocheros de una pedrada y que, sin respeto a la cruz que vían y acompañada de solos clérigos, nos disparaban piedras, se volvió su señoría y cuantos le acompañábamos a paso largo; y poco después de sucedido esto, se acabó el crepúsculo y comenzó la noche.

Por la puerta de los cuarteles, por la casa de la moneda, que esta contigua, y por otras partes les había entrado algún refuerzo de gente honrada y de pundonor a los que, por estar encerrados en su palacio, se tenían en su concepto por muy seguros, sin ofrecérceles el que, por falta de oposición, se arrojarían los tumultantes a mayor empeño. Si es verdad haberse cargado la noche antes todos los mosquetes, como me dijeron, no debía haber en palacio otra alguna pólvora, y absolutamente faltaron balas, porque después de veinte y cinco o treinta moquetazos que se dispararon desde la azotea, no se oyó otro tiro y como quiera que los que entraron de socorro iban sin prevención y de los pocos soldados que allí se hallaron, dos o tres estaba muy mal heridos, otro quebrada la mano izquierda, por haber reventado una tercerola, y los restantes apedreados de pies a cabeza y lastimados, no sirvieron de cosa alguna a los auxiliares, no por venir con bocas de fuego con que no se hallaban, sino por no tener quién los gobernase y les diesen armas, como ellos dicen; y por último, todo era allí confusión, alborotos y gritos, porque, por no estar en casa su excelencia, no labia en ella de su familia sino dueñas y otros criados y no era mucho que fuese así, cuando, faltando los soldados (ya cuartelados en palacio) a su obligación, ni aun para tomarle las armas a su capitán general cuando volviese a su palacio, se hallaron entonces en el cuerpo de guardia, como entre infantería bien disciplinada se observa siempre.

AI instante que se cerraron las puertas y se halló la plebe sin oposición alguna, levantó un alarido tan uniformemente desentonado y horroroso, que causaba espanto, y no sólo sin la interrupción, pero con el aumento que, los que iban entrando nuevamente a la plaza grande y a la del Volador, le daban por instantes; se continuó con asombro de los que lo oían, hasta cerrar la noche. Parecióme hasta ahora, según la amplitud de lo que ocupaban, excederían el número de diez mil los amotinados; y como después de haber dejado al señor arzobispo en su palacio, depuesto el miedo que al principio tuve, me volví a la plaza, reconocí con sobrado espacio (pues andaba entre ellos) no ser solos indios los que allí estaban, sino de todos colores, sin excepción alguna, y no haberles salido vana a los indios su presunción cuando para irritar a los zaramullos del Baratillo y atraerlos al mismo tiempo a su devoción, pasaron a la india que fingieron muerta por aquel lugar. Se prueba con evidencia que por allí andaban, pero no ellos solos sino cuantos, interpolados con los indios, frecuentaban las pulquerías que son muchísimos (y quienes a voz de todos), por lo que tendrían de robar en esta ocasión les aplaudieron días antes a los indios lo que querían hacer.

En materia tan en extremo grave como la que quiero decir, no me atrevería a afirmar asertivamente haber sido los indios los que, sin consejo de otros, lo principiaron, o que otros de los que allí andaban, y entre ellos españoles, se lo persuadieron. Muchos de los que lo pudieron oír dicen y se ratifican en esto último, pero lo que yo vide fue lo primero. Con el pretexto de que le faltan propios a la ciudad (y verdaderamente es así), arrendaba el suelo de la plaza (para pagar los réditos de muchos censos que sobre sí tiene) a diferentes personas y tenían éstas en ella más de doscientos cajones de madera, fijos y estables los más de ellos, con mercaderías de la Europa y de la tierra y en mucha suma, y no con tanta los que restaban, por ser vidrios, loza, especies miniestras y cosas comestibles lo que había en ellos. Lo que quedaba de la plaza sin los cajones se ocupaba con puestos de indios, formados de carrizo y petates, que son esteras, donde vendían de día y se recogían de noche, resultando de todo ello el que una de las más dilatadas y mejores plazas que tiene el mundo, algunas les pareciese una mal fundada aldea, y zahurda a todos. Muy bien sabe vuestra merced, pues tantas veces lo ha visto ser así, y también sabe el que siempre se ha tenido por mal gobierno permitir en aquel lugar (que debe estar por su naturaleza despejada y libre) semejantes puestos, por ser tan fácilmente combustible lo que los forma y tanta la hacienda que en los cajones se encierra.

Con este presupuesto, como no conseguían con las pedradas sino rendirse los brazos sin provecho alguno, determinaron ponerle fuego a palacio por todas partes, y, como para esto les sobraba materia en los carrizos y petates que, en los puestos y jarales que componían, tenían a mano, comenzaron solos los indios y indias .a destrozarlos y a hacer montones, para arrimarlos a las puertas y darles fuego; y en un abrir y cerrar de ojos lo ejecutaron.

Principióse el incendio (no sé el motivo) por el segundo cajón de los que estaban junto a la fuente del palacio, sin pasar a otro, y siendo sólo azúcar lo que tenía dentro, fue desde luego la llama vehemente y grande. Siguióse la puerta del patio, donde están las salas de acuerdos y de las dos Audiencias, las escribanías de cámara y almacenes de bulas y papel sellado; después desta, la de la cárcel de corte, que había cerrado el alcaide al principiarse el ruido y quién, o los que en su cuarto asistían, no pudieron estorbarlo a carabinazos; luego, la del patio grande en que está la vivienda de los virreyes, la factoría, tesorería, contaduría de tributos, Acabalas y Real Hacienda, la chancillería y registro, el tribunal de bienes de difuntos, el almacén de azogues y escribanía de minas y el cuerpo de guardia de la compañía de infantería, pero ¡qué compañía! Con la misma pica del capitán (que al cerrar las puertas se quedó fuera) o, por mejor decir, con unas cañas ardiendo, que en ella puso, incendió un indio (yo lo vide), el balcón grande y hermosísimo de la señora virreina.

Como eran tantos los que en esto andaban y la materia tan bien dispuesta, entrando los oficios de los escribanos de provincia, que también ardían, no hubo puerta ni ventana baja en todo palacio, así por la fachada principal que cae a la plaza como por la otra que corresponde a la Plazuela del Volador, donde está el patio del tribunal de cuentas y en ellos oficios de gobierno, juzgado general de los indios y la capilla real, en que no hubiese fuego. Esto era por las dos bandas que miran al occidente y al Mediodía, y por las de oriente y el Septentrión, donde se halla la puerta de los cuarteles del parque y la del jardín, que también quemaron, se vio lo propio. ¡Cuál seria la turbación y sobresalto de los que en él se hallaban, y al parecer seguros, viéndose acometidos de tan implacable enemigo por todas partes! ¡Cuánto mejor les hubiera sido defender las puertas, que exponerse a la contingencia de quemarse vivos! Pero, considerando que me responden les faltaba pólvora y que alcanzaban más las piedras que sus espadas y chuzos, me parece impertinencia el reprenderlos. Voy a otra cosa.

No oyéndose otra voz entre los sediciosos sino: “¡Muera el virrey y el corregidor;”, y estando ya ardiendo el palacio por todas panes, pasaron a las casas del ayuntamiento, donde aquél vivía, a ejecutar lo propio. Valiéle la vida y a su esposa, no estar en ella, pero fue su coche primero a que se arrojaron y a que pusieron fuego; y mientras éste lo consumía, lo trujeron rodando por toda la plaza como por triunfo. En el ínterin que, en esto y en matar después a las mulas que con desesperación lo conducían por que se quemaba, se ocupaban unos, arrimaron otros o los oficios de los escribanos públicos, al del cabildo, donde estaban los libros del Becerro y los protocolos, al de la diputación, a la alhóndiga, a la contaduría, a la cárcel pública, grandes montones de petate, carrizo y tablas y, encendiéndolos todos a un mismo tiempo, excedieron aquellas llamas a las del palacio por más unidas.

No fue el tiempo que gastaron en esto ni un cuarto de hora, porque al excesivo número de los que en ello andaban, correspondía la diligencia y empeño con que lo hacían, y es muy notable que, desde las seis de la tarde que empezó el ruido hasta este punto, que serían las siete y media, trabajaron con las manos y con la boca con igual tesón. Con aquéllas, ya se ha visto lo mucho que consiguieron, y no fue menos lo execrable y descompuesto que con ésta hablaron. No se oía otra cosa en toda la plaza, sino “¡Viva el Santísimo Sacramento¡ ¡Viva la Virgen del Rosario! ¡Viva el rey! ¡Vivan los santiagueños! ¡Viva el pulque!” pero a cada una fiestas aclamaciones (así acaso no eran contraseñas para conocerse) añadían: “¡Muera el virrey¡ ¡Muera la virreina! ¡Muera el corregidor! ¡Mueran los españoles! ¡Muera el mal gobierno!”; y esto, no tan desnudamente como aquí lo escribo, sino con el aditamento de tales desvergüenzas, tales apodos, tales maldiciones contra aquellos príncipes, cuales jamás me parece pronunciaron hasta esta ocasión racionales hombres. En este cielito sé muy bien, pues estaba entre ello, que murieron todos, pero no en quemar las casas del ayuntamiento y cabildo de la ciudad y el palacio, solos los indios.

Ya he dicho que los acompañaban los zaramullos del Baratillo desde el mismo instante que pasaron, con la india que fingieron muerta, por aquel lugar y, como casi todos los que asisten o compran a los muchachos y esclavos lo que en sus casas hurtan, o son ellos los que lo hacen, cuando el descuido ajeno o su propia solicitud les ofrece las ocasiones, no hallando otra más a propósito que la que tenían entre las manos para tener que jugar y con qué comer no sólo por días sino por años, mientras los indios ponían el fuego (como quien sabía, por su asistencia en la plaza, cuáles eran de todos los cajones los más surtidos), comenzaron a romperles las puertas y techos, que eran muy débiles, y a cargar las mercaderías y reales que ahí se hallaban.

No les pareció a los indios que verían esto el que quedaban bien si no entraban a la parte en tan considerable despojo y, mancomunándose con aquéllos y con unos y otros cuantos mulatos, negros, chinos, mestizos, lobos y vilísimos españoles así gachupines como criollos, allí se hallaban, cayeron de golpe sobre los cajones donde había hierro y lo que dél se hace, así para tener hachas y barretas con qué romper los restantes, como para armarse de machetes y cuchillos, que no tenían. No se acordaron éstos desde este punto de las desvergüenzas que hablaban, ni los indios y indias de atizar el fuego de las casas de ayuntamiento y de palacio y de pedir maíz, porque les faltaban manos para robar. Quedaba vacío un cajón en un momento de cuanto en él había, y en otro momento se ardía todo, porque los mismos que llevaban lo que tenían le daban fuego y, como a éste se añadía el de todos los puestos y jarales de toda la plaza que también ardían, no viendo sino incendios y bochornos por todas partes, entre la pesadumbre que me angustiaba la alma, se me ofreció el que algo sería como lo de ‘hoya, cuando la abrasaron los griegos.

En vez de rebato, se tocaba a esta hora en todas las iglesias a rogativa, y pareciéndoles a los reverendos padres de la Compañia de Jesús y de la Merced el que podrían servir sus exhortaciones para que se compusiese la plebe, acompañando aquéllos a un Santo Cristo y rezando el rosario a coros con devota pausa, y éstos a una imagen de Maria Santísima, a quien cantaban las letanías con suave música, se vinieron a la plaza en comunidad; pero, como entonces llovían piedras por todas partes, desbaratado el orden religioso con que venían, se distribuyeron unos y otros a diferentes sitios, donde, aunque más predicaban, era sin fruto, porque o no los atendían o los silbaban.

No se espante vuestra merced de que fuese así, cuando hicieron con el Venerabilísimo Sacramento del Altar casi otro tanto. Habíalo sacado del sagrario de la catedral, al comenzarse el incendio, el doctor don Manuel de Escalante y Mendoza, tesorero de la misma iglesia, y acompañado de clérigos y de españoles, pensando seguiría a su Dios y Señor toda la plebe, se arrojó a la plaza; pero, empeñados en tirar piedras, en poner fuego y en robar los cajones, los que en ella estaban, ni le doblaban la rodilla ni le adoraban; sólo unos, que habían comenzado a quemar el magnífico palacio nuevo del marqués del Valle, a persuasiones eficacísimas de don Manuel y a la presencia temerosa y venerable de aquel señor, los mismos lo apagaron y sin duda, para ir a robar a la plaza, se retiraron de allí.

Temerosos quizá de lo que después sucedió, estaban los más de los dueños de los cajones entre la plebe desde el principio del ruido, pero, no habiendo riqueza alguna que prepondere a la vida del miedo de perderla, viendo y aun llorando la impiedad con que les llevaban su hacienda, callaban unos; “¡Ea hijos, pues así lo quiere nuestra desdicha y vuestra fortuna, aprovechaos muy en hora buena!”, decían otros. No faltó alguno que se robó a si mismo, porque, entrándose a vuelta de los amotinados en su cajón, como quien sabía dónde estaba lo más precioso, se cargaba dello y echaba a huir, y lo mismo hacían los indios y el innumerable resto de zaramullos; pero los que antes se habían conformado para el tumulto cuanto se ha visto, comenzaron poco después, no en común sino en particular, a desavenir. Se malició que, reconociendo los que no eran indios, lo mucho que éstos y sus mujeres habían cargado, llegándose a éstos con disimulo, con cualquier cosa de los que en los cajones de hierro habían hurtado, si ya no era con espadas los que las tenían, los atravesaban con ligereza y, acudiendo como a favorecerlos cuando caían, los desvalijaban de lo mejor y se retiraban.

Murieron algunos indios de esta manera y a lo que yo presumo, y muchos más en número. Como ya digo, precedió al saqueo de los cajones haber dejado de tirar piedras por largo rato cuantos las arrojaban, no por otra.cosa, que por tener ya los brazos casi sin fuerza, o porque, para quemar el palacio y casas de ayuntamiento, les servía de estorbo. Al mismo instante que los españoles, que estaban en las bocas de las calles, en el cementerio de la catedral y en otras partes, los reconocieron, se fueron interpolando con los tumultuantes y como éstos, cargados de mercaderías y de riqueza no sólo se iban saliendo de la plaza atropelladamente, sino que mofaban con mucha risa de los que entraban y les decían: “¡españoles de porquería ya vino la flota! Andad mariquitas a los cajones a comprar cintas y cabelleras” arrepentidos éstos de haberse estado mirando mano sobre ‘nano tanto destrozo o avergonzados de oír estas ignominias y otras peores, y sobre todo, con el seguro de que ya no había pedradas, unos con carabinas y con espadas otros dieron en ellos.

Sucedió lo mismo cuando, entrando el conde de Santiago con muchos de su familia y diversos hombres honrados, por una parte, y por otra, don Antonio Dezas Ulloa, Caballero del orden de Santiago, v don José de Urrutia, contador aquél y tesorero éste, de la Real Hacienda , y otras muchas personas nobles, dieron una buena carga de carabinazos a los que robaban; pero, no hallando en ello resistencia alguna, porque sólo atendían a cargar y a irse, y también porque, oponiéndoseles los padres de la Compañía , que por allí andaban y, así con súplicas, como cubriéndolos con los mantos como si fuese a unos inocentes los patrocinaban, por no perder tiempo se pasaron a palacio a ocuparse en algo.

Paréceme, por los cuerpos que poco después vide tendidos junto a la catedral, que eran diez y nueve, y por otros que (con ocasión de haber andado acompañando al Santísimo Sacramento cuando, después del doctor don Manuel de Escalante, lo tomó en sus manos el licenciado don Antonio de Aunsibay, provisor y vicario general dente obispado) no sólo hallé tirados por aquella plaza, sirio que los toqué con mis manos, porque, habiéndome puesto no sé quién el santo óleo en ellas, ungí a trece que estaban vivos y confesé a tres, pasarla de cincuenta el número de muertos en aquel contorno, sin algunos que se sabe con evidencia que, por empeñarse en el saqueo de los cajones cuando se quemaban, se abrasaron vivos, y sin muchísimos a quienes, por quitarles los que estaban por las calles lo que llevaban hurtado, o los mataban o los herían, según (por lo que se supo de los que fueron a curarse a los hospitales y después entraron en sus iglesias y en otras) se discurre ahora.

Pudieron hacer mucho, para ejemplar castigo, éstos que se hallaban por todas las calles generalmente, pero con especialidad en la de la Acequia el excesivo y continuo número de canoas que en ella hay siempre, cargadas de cuantas riquezas les arrojaban (¿quién podría hacer esto sino sus dueños?), se salieron sin resistencia; y la que he dicho que por las calles hubo, sólo se hizo a indios y esos borrachos, porque, largando los más dellos a un solo grito lo que llevaban, daban a huir, muy al contrario de los que no eran indios que, defendiendo con desesperación lo que les intentaban quitar, se hacían lugar por donde querían.

Al mismo punto que se arrojaron al incendio y robo de la plaza, se olvidaron de las casas de ayuntamiento y del palacio real, y con esto se les facilitó a muchas personas, de las primeras de México, el acercarse a éI. Ayudaron a los encerrados a apagar el fuego en la puerta de los cuarteles, en la del parque, en la del patio del tribunal de cuentas y en algunas ventanas y balcones donde aún no era mucho y, quedando en aquéllas bastantes guardias, se entraron dentro y, presumiendo que los particulares que allí vivían tendrían ya asegurados del incendio todos sus trastes, como así era, pasaron a los cuartos de los señores virreyes, donde las pocas dueñas y damas que allí se hallaban, con asistencia de algunos de la familia y de sus criados, comenzaban con alhajas de sus amas a hacer lo propio. Ayudáronles a esto valientemente, y con tanto mayor empeño y resolución cuanto las llamas, que por el balcón grande y portales de provincia entraban ya a las recámaras, eran entonces en extremo grandes y voracísimas. No se perdió de cuantos papeles había allí de suma importancia ni uno tan sólo. Cargáronse todos de lo menos brumoso y de más valor y, encomendando lo restante y asegurado a algunos soldados y personas fieles, sacaron por una casa, que está inmediata al jardín, a aquellas damas y dueñas y otras mujeres y genie tímida y, atravesando por entre los muchos tumultuantes que en la calle había, las condujeron al palacio del señor arzobispo, que está allí enfrente.

Yo también me hallé entonces en el palacio porque, entregándole el santo óleo a un ayudante de cura, me vine a él; pero, no siendo esta carta relación de méritos propios sino de los sucesos de la noche del día ocho de junio, a que me hallé presente, excusaré, desde aquí para lo de adelante, referir menudamente lo mucho (o nada, o lo que quisieron émulos que nunca faltan) que, sin hacer refleja a mi estado, hice espontánea y graciosamente y sin mirar al premio, cuando, ya con una barreta, ya con una hacha, cortando vigas, apalancando puertas, por mi industria se le quitaron al luego de entre las manos no sólo algunos cuartos de palacio, sino tribunales enteros, y de la ciudad su mejor archivo. Basta con esto lo que a mí toca.

Si los que tenían libertad para poder huir, sólo por el fuego que los cercaba a distancia larga, estaban aún con mayores ansias y congojas que las que he dicho, ¡cuáles serían las de los presos de la cárcel de corte, y aprisionados muchos, viendo que, al mismo instante que ardió la puerta, se llenaron todas las salas de espeso humo y se ahogaban todos! Salir por donde entraron era imposible, porque el zaguán en breve rato parecía un horno; por las paredes de su pequeño patio tenía más de veinte varas de alto, era lo mismo; conque, ayudando al alcaide y porteros que estaban con todos ellos en igual peligro, rompieron los candados de las puertas por donde se entra a la sala de tormentos y destas a las de los alcaldes y, casi ya sin aliento y respirando fuego, salieron a los corredores y de allí a los patios, donde, con ayuda de otros o con sus propias habilidades, se quitaron las prisiones y quedaron libres; ofreciéndoles a todos ellos uniformemente (y discurrieron ellos bien) el que les serviría de mérito para compurgar sus delitos la fidelidad con que procediesen, y sin que se lo pagasen ni uno tan sólo a la plebe tumultuante, pudiendo hacerlo, distribuyéndose por las azoteas y por otras partes, trabajaron aquella noche y parte del día siguiente incesantemente y consiguieron, aun no tanto por este servicio cuanto por la benignidad ele quien pudo hacerlo, la remisión de sus culpas. Mientras se va quemando el palacio, voy yo a otra cosa.

La noticia del acometimiento que le hicieron los sediciosos y de la confusión y alboroto que en la plaza había, halló al señor virrey en el convento de San Francisco. La voz primera que allí se oyó, atribuyó a travesura de muchachos lo que había sido, y afirmó la segunda no ser sino movimiento gigante de todo México conspirando, sin excepción de personas, para quitarle la vida a Su Excelencia como lo decían a voces. Hallábanse allí (sin el caballerizo don Alonso de la Barrera y algunos pajes) clon Juan de Dios de Medina Picazo y don Alonso Morales, alcaldes ordinarios de la ciudad, y los regidores don Juan de Aguirre Espinosa y don Bernabé Alvarez de Itay; como a esta noticia la acompañó desde luego el desentonado estruendo que por las calles se oía, aunque reconoció ser la turbación de los que allí estaban cuanta pudo ser, dejó al instante su excelencia la silla, para salir a la calle, pero, corriendo algunos religiosos a cerrar las puertas y otros (con los caballeros que he referido) a detenerlo, arguyéndole de homicida de sí mismo, si tal hacía y ponderándole lo que su vida importaba y con promesa de que irían en persona a saber lo que era, lo detuvieron allí.

Durante esto, llegó a refugiarse al mismo convento de San Francisco su excelentísima esposa, porque, al venirse ya a su palacio por aquella calle, reconocieron los cocheros desde muy lejos lo que en la plaza había y, sin discutir con certidumbre lo que podía causarlo y atravesando calles con diligencia por estar a sotavento ele aquel convento, consiguieron llegar a él sin desmán alguno y con notable dicha, supuesto que casi atropellaban a los que corrían para la plaza sin advertirlo ellos.

Por instantes crecía el alboroto en las calles, según se percibía distantemente desde allá dentro, y también se oían los rnosquetazos que en palacio se dispararon y todo esto con noticia cierta de no haber otra voz entre los indios y plebeyos, que también se supo eran los sediciosos, sino de que muriese el virrey porque faltaba el maíz. ¡Oh, qué aflicción sería la de este príncipe, viéndose allí encerrado! Los suspiros y tiernas lágrimas de su afligida esposa, por una parte, por otra, la refleja a la ingratitud de la plebe para cuyo sustento se afanó tanto, y por otra, la ciencia de la ninguna prevención y armas de los que allí estaban. Con discursos, que mutuamente se embarazaban, lo tenían suspenso y sobre todo, no queriendo abrir las puertas del convento los religiosos, por parecerles ser esto lo que, por estar allí sus excelencias, a quienes buscaba la plebe para quitarles la vida, se debía hacer, no bahía modo para que saliesen los pocos que le asistían, a ejecutar sus órdenes y repartir a otros las que juzgó necesario.

Como por estar en la plaza toda la plebe se minoró el concurso en aquella calle, movidos de los golpes con que las más ilustres personas de México, dando al mismo tiempo sus nombres, las hacían pedazos, se las franqueaban los religiosos que las guardaban con grande recato. Ofreciéronse todos y también sus vidas a sus excelencias y, sabiéndose dellos menudamente lo que había pasado y con especialidad el que, sin acordarse del palacio y casas del ayuntamiento, que por todas partes ardían, se habían ya arrojado los sediciosos a robar los cajones de la plaza y a ponerles fuego, le ordenó al conde de Santiago, a don Antonio de Deza y Ulloa y a los que antes dije que, apellidando el nombre de su majestad y de su virrey, luego al instante se volviesen a la plaza con cuanta gente pudiesen, así para desalojar della a los sediciosos, como para asegurar del incendio la caja real y los tribunales; y cumpliendo todos sus muy honradas obligaciones y con el orden dado, hicieron prontamente lo que queda dicho.

Aunque al mismo instante que se acabó el pillaje cesó el tumulto, habiéndose retirado los que causaron a guardar sus robos, con todo, por evitar en la falta del maíz del día siguiente mayor escándalo, despachó su excelencia (perseverante el ruido) al regidor don Juan de Aguirre Espinosa a la provincia de Chalco, para que hiciese amanecer en México cuanto maíz se hallase; a don Francisco de Sigüenza a escoltar, desde donde las encontrase, hasta esta ciudad, las recuas que venían de Celaya y de la tierra adentro; encargó al mariscal don Carlos de Luna y Arellano visitase aquella noche todas las panaderías de México, para que se amasase en ellas, para el día siguiente, triplicando pan del que solían antes; a otros envió a las carnicerías y aun a las huertas. Para que no faltase verdura, fruta y hortalizas, despachó a otros y no sólo esto hizo, sino también correos a la Puebla de los Ángeles y a diferentes partes donde, por ser general y mayor que en México la carestía y sus vecinos muchos, pudiera un ejemplar tan pernicioso y abominable como el presente irritar los ánimos, se hallara sin prevención a los que debían tenerlas.

Éste y muchos otros documentos de enorme valor histórico los pueden encontrar en 500 años de México en documentos.

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Poema de amor en la ciudad de México

En este valle rodeado de montañas había un lago,
y en medio del lago una ciudad,
donde un águila desgarraba una serpiente
sobre una planta espinosa de la tierra.

Una mañana llegaron hombres barbados a caballo
y arrasaron los templos de los dioses,
los palacios, los muros, los panteones,
y cegaron las acequias y las fuentes.

Sobre sus ruinas, con sus mismas piedras
los vencidos construyeron las casas de los vencedores,
erigieron las iglesias de su Dios, y las calles
por las que corrieron los días hacia su olvido.

Siglos después, las multitudes la conquistaron de nuevo,
subieron a los cerros, bajaron a las barrancas,
entubaron los ríos, talaron árboles,
y la ciudad comenzó a morir de sed.

Una tarde, por una avenida multitudinaria, una mujer vino hacia a mí,
y toda la noche y todo el día
anduvimos las calles sin nombre, los barrios desfigurados
de México-Tenochtitlán-Distrito Federal.

Entre paquetes humanos y embotellamientos de coches,
por plazas, mercados y hoteles,
conocimos nuestros cuerpos,
hicimos de los dos un cuerpo.

Cuando ella se fue, la ciudad se quedó sola,
con sus muchedumbres,
su lago desecado, su cielo de nebluno
y sus montañas invisibles.

Homero Aridjis

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