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Posts Tagged ‘Leyendas’

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En la calle de Dolores, entre Independencia y Artículos 123, dentro de lo que se considera el Barrio Chino más pequeño del mundo, podemos encontrar una puerta roja, algo que no tendría nada de extraordinario excepto porque esa puerta divide dos construcciones distintas, pues bien, detrás de ella se esconde el legendario Callejón de Salsipuedes, el mismo que sirvió de locación para aquella película de Pedro Infante en 1952, Un rincón cerca del cielo, tan dramática como la trilogía de Pepe el Toro.

Sin embargo su fama es mucho más antigua, ya en las crónicas del historiador Luis González Obregón nos hablaba en alguno de sus libros de aquel peculiar callejón de poco más de un metro de ancho, Juan de Dios Peza en Leyendas de las calles de la Ciudad de México, donde narra lejanos sucedidos de esta capital en verso, le dedica unas paginas al en nuestros días casi mítico Callejón de Salsipuedes.

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La casa de Cañitas

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Esta casa dio origen a una historia de terror, un libro y una película, se encuentra en la calle Cañitas # 51 en la colonia Popotla, ahí fuerzas obscuras o sucesos paranormales fueron liberados con un juego de la ouija, después de eso, catorce personas perdieron la vida, muchos de aquellos que participaron en la sesión con la tabla en mayo de 1982, pero también un sacerdote que fue implicado en busca de ayuda y hasta un posible comprador quien al dirigirse hacia la casa tuvo un accidente automovilístico.

La personificación del mal que alteró la paz de aquel domicilio y que tomó el aspecto de un monje, cuentan que jamás desapareció, aunque hay quienes opinan que ahí el único que asusta es Carlos Trejo, eso es lo que me dijo quien me explicó como llegar, otra persona que lo conoció antes de que pasara todo eso, dice que algo cambio en él, que algo malo lo acompaña, esta es sin embargo, una de las leyendas más famosas de nuestra ciudad y una de las más inquietantes historias de lo paranormal en el mundo.
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Un barco que regresa

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Una vez que las aguas se han calmado, la mulata de Cordoba ha decidido volver, o al menos eso es lo que nos hace pensar/imaginar a quienes se nos quedó muy grabada en la mente aquella leyenda, al ver este barquito que navega por un mar dibujado en la pared de una calle cualquiera en nuestro Centro Histórico…

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En la esquina de República de Chile y República de Cuba, justo sobre la placa, otra placa nos informa que en el pasado remoto ese tramo fue conocido como la calle del Esclavo, si nosotros tenemos interés, intentaremos averiguar la historia completa y así sin buscar más allá de las teclas de una computadora, uno puede encontrar al menos dos versiones, yo en lo personal me quedo con la siguiente por ser más factible.

En lo que hoy en día es República de Cuba, en algún momento de la Nueva España se le conoció como la calle de Medinas, debido a que ahí vivieron los señores Medina y Torres, en la casa marcada con el número 11, donde al fondo de la planta baja la servidumbre tenia sus cuartos, entre ellos, un esclavo, a quien después de muchos años de arduo trabajo finalmente sus amos le devolvieron su libertad en reconocimiento por su buen servicio, sin embargo el esclavo no quiso abandonar a sus amos, así que le permitieron quedarse en su antigua habitación, abriéndole una puerta hacia la calle que se le conocería como Calle del Esclavo, ahora República de Chile.

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La enorme Ciudad de México de metal y concreto, como todos sabemos, no esta exenta de leyendas e historias fantásticas, incluso desde antes de la llegada de los españoles, por la Gran Tenochtitlan se escuchaban los lamentos de la Llorona, muchos cronistas de nuestra ciudad nos han contado leyendas y supuestos sucedidos que parecen increíbles como la Mulata de Cordoba y tantas otras más, hay quienes afirman tener por vecino a un Nahual e incluso todavía existen lugares que tienen cierta fama, como San Juan Tlihuaca donde desde hace siglos se le conoce como lugar de brujos.

Con toda esta riqueza sobrenatural, por llamarlo de alguna manera, no es difícil imaginar que ésto en realidad es la escoba de una bruja y a un lado la dueña de la escoba convertida en un montón de hojas secas para poder pasar desapercibida…

Por supuesto, es la escoba de un barrendero que juntó la basura de un tramo de banqueta en Reforma, a lado de Chapultepec, pero de cualquier forma, uno nunca sabe.

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Tradición de la calle de Porta Coeli.

Se llama ahora 6ª de Capuchinas.

Don Fermín Andueza era muy madrugador, no soportaba que la mañana se levantase primero que él, antes que asomara la luz ya estaba velando, y apenas esclarecía, salía a la calle envuelto en su negra capa. De entre los pliegues emergía la noble cabeza del caballero, tocada con sombrero de gran falda a la chamberga, y sobre el embozo resaltaba la blancura de una mano larga y pulida con sortija de oro, en la que un diamante fulguraba vivas luces, con gran devoción a oía la misa, pero tanto al entrar como al salir del templo, se detenía frente al crucifijo de gran talla, cuya amarillenta blancura resaltaba entre los oros de un altar plateresco, después, tornaba lentamente a su casa.

El caballero, lleno de humildad, le ofrecía el incienso de su oración, y tras esa plegaria se alzaba e iba a besar los pies, rojos y negros de sangre coagulada, y ponía unas monedas de oro en el plato petitorio. Invariablemente, día a día, hacia esto don Fermín Andueza.

Era un hombre rico que poseía bastantes propiedades, pero eran más grandes las riquezas que había en su alma. De ella manaba toda excelencia, se encerraban en su ser todas cuantas bondades hay, de infinita piedad con el pobre, le daba la mano y le ofrecía sus servicios con toda voluntad, iba aliviando trabajos con sus generosos beneficios, quitando el hambre a quien lo necesitase.

Ismael Treviño le tenía grandes celos a éste señor, quien a nadie daba nada de lo suyo, desconocía el íntimo goce de hacer beneficios, era de esos seres a quienes pesa el bien ajeno, que se alegran de ver caído al prójimo y se entristecen de mirarlo progresar; a don Ismael le entró la polilla de la envidia, con la que se estaba carcomiendo por dentro, dondequiera hablaba mal de don Fermín Andueza y cuando delante de él decían un elogio, algún cumplido a don Fermín, se ponía amarillo y miraba con semblante amargo.

Don Ismael Treviño era de esos que con aguda vista ven los males ajenos, pero no los suyos, pues siempre traía sus apetitos alterados con más olas que el mar del océano, se tragaba el camello y se ahogaba con el mosquito.

¿Pero ese odio de dónde vino?…
¿De dónde salió a don Tomás Treviño esa envidia que le traía recocidas las entrañas, herido el corazón?…
Los celos lo atizaban a cada hora, y así no sabía sino morder y acusar y con esa pasión desmesurada le cegó el entendimiento sin dejarle luz de razón, y así le empezó a impedir con mil estorbos sus negocios; pero mas parecía que eran impulsos que les daba, porque le salían mejor a don Fermím, con grandes ganancias. Entonces su envidia la cambió por odio y empezó a abrazarse el alma con infernal aborrecimiento, esta abominación le dijo un día que lo matara, y se quedó saboreando con deleite ese consejo, que venía del diablo.

Después de meditar ese aviso y aprobarlo, pensó mucho sobre cómo quitar la vida: con puñal, con arma de fuego o con veneno. Su naturaleza cobarde rechazó daga y pistolete, porque aunque podía alquilar un brazo ejecutor, temió que lo descubriera al fin la justicia y que luego lo señalase; así que se decidió por el veneno, con la que de lejos se operaba y con menos riesgo.
Buscó y halló a un hombre que le puso en una redoma una cierta agua de lindo color azul, que no daba la muerte en el acto, sino que poco a poco se derramaba y distribuía por todo el cuerpo y al fin, después de días, apagaba la existencia suavemente sin dolores …

Bañó con ese líquido un gran pastel de hojaldre que, muy caliente y dorado, envió a don Fermín, mandandole decir que era obsequio de su amigo, el regidor perpetuo del Ayuntamiento, que lo disfrutara en el desayuno, acompañado de su fragante tazón de chocolate. Y así lo hizo complacidísimo don Fermín.

Don Ismael, curioso de ver qué efectos le había ocasionado el líquido, se puso a seguirlo cuando, por la mañana, salió de su casa para ir a Porta Coeli, lento, erguido, majestuoso y saludando a todos los que encontraba por su camino con afable sencillez. En la iglesia de donde salió a recibirlo un suave olor de cera y de incienso, se acercó al Santo Cristo, dijo devotamente las oraciones que tenía por costumbre y fue a adorar después con gran reverencia, los pies ensangrentados; pero apenas puso en ellos los labios, en el acto se obscurecieron más, y la ola negra empezó a subir rápidamente por todo el cuerpo del Cristo hasta quedar como si estuviese tallada en ébano. Muchos devotos que rezaban ante el Cristo contemplaron aquella negrura profunda que invadía el cuerpo y empezaron a dar voces de asombro al mirarlo, cuando hacia pocos instantes que era de una marfileña blancura.

Don Fermín quedó pasmado. ¿Qué tendría, dijo, que al contacto de sus labios se puso negro el Santo Cristo?…

Don Ismael Treviño, en un gran impulso cortó el rencor del alma, fue a dar a los pies del generoso caballero y le confesó a gritos que lo había querido envenenar y que Cristo, como una esponja generosa, absorbió el veneno que llevaba ya por el cuerpo, librándolo así de una muerte segura.

Don Fermín le dijo, con delicadas y tiernas palabras, que lo perdonaba, y para darle buenas pruebas de ello lo abrazó con muy efusivo cariño, como si fuera ese hombre malvado, un hermano ausente y querido a quien no hubiese visto en mucho tiempo.

Varias personas de las allí presentes se llenaron de furor y quisieron aprehenderlo, llevarlo a la cárcel; pero don Fermín les rogó con encarecidas palabras que lo dejasen ir en paz, porque él ya había olvidado el agravio, y que sólo les pedía que se arrodillaran a dar gracias al Cristo. Don Ismael Treviño salió de Porta Coeli pálido, cabizbajo, lento… Ese mismo día abandonó la ciudad y nadie volvió a saber de él. Como se extendió la noticia por todo México de aquel raro acontecimiento tanto don Fermín de Andueza como los innumerables beneficiados por su generosidad, le llevaban a diario velas de ofrenda al Santo Cristo negro; cierta tarde cayó una vela y la santa imagen se abrasó en fuego y recién iniciado el incendio, ardió y se volvió cenizas; tiempo después fue reemplazado con otro Cristo, también negro, el cual es el que ahora conocemos en el altar de la Catedral, lleno de exvotos de plata y de oro.

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Entre todas las leyendas de nuestra ciudad, que son muchas y que están desperdigadas por todo nuestro Centro Histórico, hay una de tantas que rescató en su libro Las calles de México el legendario cronista de la Ciudad de México Luis Gozález Obregón y que sucedió en la calle que hoy conocemos como República de Perú, la relata con las siguientes palabras:

“Por los años de 1670 a 1680, según las sesudas investigaciones de Don Francisco de Sedano, vivía en esta ciudad de México y en la casa número 3 de la calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, ahora número 100, calle atravesada entonces de Oriente a Poniente por una acequia, vivía, digo, un clérigo eclesiástico; mas no honesta y honradamente como Dios manda, sino en incontinencia con una mala mujer y como si fuera su legítima esposa.

No muy lejos de allí pero tampoco no muy cerca, en la calle de de las Rejas de Balbanera, bajos de la ex-Universidad, había una casa que hoy está reedificada, la cual antiguamente se llamó Casa del Pujavante, porque tenía sobre la puerta “esculpido en la cantería un pujavante y tenazas cruzadas”, que Sedano vio varias veces, y que decían ser “memoria” del siguiente sobrenatural caso histórico que el incrédulo lector quizá tendrá sin duda por conseja popular.

En esta casa habitaba y tenía su banco antiguo herrador, grande amigo del clérigo amancebado, item más, compadre suyo, quien estaba al tanto de aquella mala vida, y como frecuentaba la casa y tenía con él mucha confianza, repetidas ocasiones exhortó a su compadre y le dio consejos sanos para que abandonase la senda torcida a que le había conducido su ceguedad.

Vanos fueron los consejos, estériles las exhortaciones del “buen herrador” para con su “errado compadre” que cuando el demonio tórnase en travieso Amor la amistad es impotente para vencer tan satánico enemigo.

Cierta noche en que el buen herrador estaba ya dormido, oyó llamar a la puerta del taller con grandes descomunales golpes, que le hicieron despertar y levantarse más que de prisa.

Salió a ver quién era, perezoso por lo avanzado de la hora; pero a la vez alarmado por temor de que fuesen ladrones, y se halló con que los que llamaban eran dos negros que conducían una mula y un recado de su compadre el clérigo, suplicándole le herrase inmediatamente la bestia, pues muy temprano tenía que ir al Santuario de la Virgen de Guadalupe.

Reconoció en efecto la cabalgadura que solía usar su compadre, y del oficio, y clavó cuatro sendas herraduras en las cuatro patas del animal.

Concluida la tarea, los negros se llevaron la mula, pero dándole tan crueles y repetidos golpes, que el cristiano herrador les reprendió agriamente su poco caritativo proceder.

Muy de mañana, al día siguiente, se presentó el herrador en casa de su compadre para informarse del por qué iría tan temprano a Guadalupe, como le habían informado los negros, y halló al clérigo aún recogido en la cama al lado de su manceba.

-Lucidos, estamos, señor compadre –le dijo-; despertarme tan de noche para herrar una mula, y todavía tiene vuestra merced tirantes las piernas debajo de las sábanas, ¿qué sucede con el viaje?

-Ni he mandado herrar mi mula, ni pienso hacer viaje alguno – replicó el aludido.

Claras y prontas explicaciones mediaron entre los dos amigos, y al fin de cuentas convinieron en que algún travieso había querido correr aquel chasco al bueno del herrador, y para celebrar toda la chanza, el clérigo comenzó a despertar a la mujer con quien vivía.

Una y dos veces la llamó por su nombre, y la mujer no respondió. Una y dos veces movió su cuerpo, y estaba rígido. No se notaba en ella respiración, había muerto.

Los dos compadres se contemplaron mudos de espanto; pero su asombro fue inmenso cuando vieron horrorizados, que en cada una de las manos y en cada uno de los pies de aquella desgraciada, se hallaban las mismas herraduras con los mismos clavos, que había puesto a la mula el buen herrador.

Ambos se convencieron, repuestos de su asombro, que todo aquello era efecto de la Divina justicia, y que los negros, habían sido los demonios salidos del infierno.

Inmediatamente avisaron al cura de la Parroquia de Santa Catarina, Dr. D. Francisco Antonio Ortiz, y al volver con él a la casa, hallaron en ella al R.P. Don José Vidal y a un religioso carmelita, que también habían sido llamados, y mirando con atención a la difunta vieron que tenía un freno en la boca y las señales de los golpes que le dieron los demonios cuando la llevaron a herrar con aspecto de mula.

Ante caso tan estupendo y por acuerdo de los tres respetables testigos, se resolvió hacer un hoyo en la misma casa para enterrar a la mujer, y una vez ejecutada la inhumación, guardar profundo secreto entre los presentes.

Cuentan las crónicas que ese mismo día, temblando de miedo y protestando cambiar de vida, salió de la casa número 3 de la calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, el clérigo protagonista de esta verídica historia, sin que nadie después volviera a tener noticia de su paradero. Que el cura de Santa Catarina, “andaba movido a entrar en religión”, y con este caso, acabó de resolverse y entró a la Compañía de Jesús, donde vivió hasta la edad de 84 años, y fue muy estimado por sus virtudes, y refería este caso con asombro”. Que el P. Don José Vidal murió en 1702, en el Colegio de San Pedro y San Pablo de México, a la edad de 72 años, después de asombrar con su ejemplar vida, y de haber introducido el culto de la Virgen, bajo la advocación de los Dolores, en todo el Reino de la Nueva España.

Sólo callan las viejas crónicas el fin de R.P. carmelita, testigo ocular del suceso, y del bueno del herrador, que Dios tenga en su santa Gloria”.

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