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Archive for 31 mayo 2014

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A la izquierda de esta primera imagen podemos ver el Centro Cultural Casa Talavera y al fondo la Plaza de la Águilita, ahora imaginemos otro tiempo durante el Virreinato cuando esto era un callejón y en las noches prendían una gran hoguera donde danzaban nahuales, mientras todo aquel que se atrevía a cruzar por ahí, lo hacía como dicen, pasando de carrera y haciendo la señal de la cruz.

Así pues, aquel nombre en la que hoy por hoy conocemos como Tercera calle de Talavera no es porque antes vendieran artículos para danza, como se podría suponer, el origen de dicho nombre tiene un motivo más obscuro y tenebroso como lo explica la leyenda:

Esta calle, situada junto al primer mercado de La Merced, se le llamó por muchos años El Callejón de la Danza o la Cueva de los Nahuales; resulta que, a mediados del siglo XVIII, en la antigua Ciudad de México había una gran aversión y mucho miedo por pasar o acercarse a cierto callejón muy apartado de la traza de la noble y leal ciudad española, pues en este sitio sucedían cosas sobrenaturales que costaban la vida a los atrevidos.

Cuentan que en ese callejón tenían lugar unas danzas infernales, alrededor de una hoguera a mitad de la calle. La danza practicada por nahuales con gestos diabólicos, cubiertos con plumas, armaban una gritería que causaba terror en el vecindario, todos se encerraban a cal y canto, temblando en medio de la oscuridad de sus aposentos. Dicen que la situación se complicaba pues, estos espectros, entraban a las casas a robar niños y mujeres de mal y buen ver. ¡Qué llanto el de las madres y de los desgraciados que habían perdido a sus hermanas, esposas, hijas!

Los habitantes del barrio suplicaban protección y justicia. Pero, la protección y la justicia a los indios, desde entonces, fallaba a pesar de la insistencia y la súplica. El terror en ese callejón hacía más largas las noches…

El tiempo paso y un jovenazo de veinte años, miembro del cuerpo de arcabuceros del virrey, decidió investigar intrigado por la historia y por la advertencia que escuchó decir al párroco de la iglesia de la Santísima Trinidad: “¡Queridos hermanos, por nada del mundo se acerquen a esa callejuela, no será a Dios ni a sus discípulos a los que se encuentren a su paso, sino a sus maléficos enemigos!”

Impresionado don Simón de Esnaurrízar, nuestro valeroso joven, cierta noche se envolvió en su capote, colocándose dos pistolas al cinto, con el arcabuz en mano y sin encomendarse a Dios ni al Diablo, se fue al dicho callejón; para que su ánimo no flaqueara se echó dos alipuses entre pecho y espalda.

Cauteloso se deslizó por los muros de las casas contiguas al callejón, se acercó y vio que la danza estaba en su apogeo: hombres y mujeres en pelotas, pintarrajeados y con plumas pegadas a la piel gemían al tiempo que saltaban alrededor de la lumbre. El valiente Simón penetró de un salto en el centro del grotesco aquelarre y a uno le dio sendo arcabuzazo, aqueste otro le descerrajó un tiro y a otro más lo atravesó con su toledana. Y mientras daba su propia lucha con los presuntos hijos de Satanás, don Simón de Esnaurrízar arremetía con su palabra:

-¡A mí los arcabuceros del Virrey! ¡A mí los corchetes!

Y este don Simón, que contaba con buena fortuna, recibió la ayuda de los soldados de una ronda que acudió al callejón al escuchar sus gritos y no sólo eso, sino que los asustados vecinos del barrio enterándose que eso estaba lejos de un aquelarre, salieron prestos a brindar su puño y aguerrida ayuda contra los presuntos nahuales, quienes pronto ingresaron al calabozo del Santo Oficio.

Con la excitación que el enfrentamiento había provocado, decidieron efectuar un minucioso registro de las casuchas habitadas por estos zánganos. No falto quien denunciara que en tal casa fuera habitada por un malviviente. Y, al poco rato de husmear y buscar, se encontraron con los infelices niños desaparecidos y con las mujeres de buen y mal ver, que en realidad todas estaban de muy mal ver por lo enflaquecidas que se encontraban envueltas en sus harapos.

A los chamacos, se supo, los enseñaban a pedir limosna en las plazas. Las madres, los esposos y hermanos de los niños y mujeres ultrajados estaban felices de reencontrarse con la querencia familiar después de tanto tiempo de ausencia, angustia, temor, impotencia y, sobre todo, de lucubraciones en torno a presuntos nahuales y seres infernales.

Por tal motivo se debió que por muchos años esta calle que hoy es República del Salvador y Talavera, se le República del Salvador y Talavera, se le conoció como el callejón de la Danza.
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De vuelta en la Feria de las Culturas Amigas, entre empanadas argentinas, pizza italiana, paella española, ratatouille francés y unas tlayudas oaxaqueñas que entraron de contrabando, nos encontramos por ahí con el abominable hombre de las nieves, quien camuflajeo su bote de nieve de limón dentro de una carreola cubriéndolo con una cobijita, observando con desconfianza que no aparecieran los policías.

Por su puesto, este acto no tiene nada de abominable, en realidad hay que reconocer la creatividad del individuo que empuja salvajemente a su “bebé”, que ha de ser bastante pesado, por todo el Zócalo entre los pabellones de los diversos países que exponen.

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Las apariencias engañan

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Cual eficiente guardián de la seguridad del establecimiento que resguarda, éste peculiar cánido vigila celoso de su deber a todos los que por ahí pasan, apenas atado con su correa para asegurar la integridad de todo aquel que parezca sospechoso…

O quizá, sea tan sólo la mascota de un cliente que ha entrado al negocio para cubrir alguna necesidad de oficina o escolar, pero no, la realidad es que es un simple objeto de decoración, de un perro bastante realista, muy bien logrado, lo que no quita que más allá de sospechosos y clientes, cualquier día pase un despistado y se tropiece con el rompiéndole al menos una pata, uno nunca sabe.

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En nuestro Zócalo tenemos ahora la oportunidad de salir a ver como está el mundo a través de la Feria de las Culturas Amigas 2014, aunque la verdad, 80 minutos no son suficientes, en nuestro caso, nuestro recorrido duró dos horas y media, y eso entre semana, aún sin entrar a todos los pabellones, unos más interesantes que otros, algunos más enfocados a la comida, otros a la ropa y unos cuantos a los souvenirs, en años anteriores la Feria de las Culturas Amigas se venia realizando en el Paseo de la Reforma, cinco ediciones para ser exactos, pero este año eligieron como sede nuestro Centro Histórico donde cuentan con sedes alternas, mientras tanto además de los pabellones de los 87 países participantes, podemos encontrar una especie de zócalo concebido con ladrillos y un Pabellón de la Ciudad de México de madera que hace las veces de pasarela y mirador, mientras en su parte inferior una pequeña exposición denominada “Llega un mundo al Zócalo” nos deja un interesante mensaje que vale la pena recordar.

Y por supuesto, regresar siempre que se pueda antes de que acabe esta Feria de las Culturas Amigas, la cual llega a su fin el próximo primero de junio.
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Si tuviéramos los datos de quienes elaboraron todo lo que hay en nuestro Centro Histórico, quien mando construir cada cosa, desde los objetos pequeños como el de la imagen, hasta las grandes construcciones sobre las que no tenemos ni idea respecto a ellas, el año en que fueron concebidas, a quien pertenecieron, quienes entraron por aquellas puertas…

Tenemos acceso a algunas de esas respuestas, no a todas, pero en ocasiones nos da flojera informarnos o buscar un poco de esa información en los libros e incluso en este universo alterno conocido como Internet.

Confieso que esta vez la flojera no me dejó ir más allá de esta reflexión pero me esforzaré en informarme…

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Cines agonizantes

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Aún quedan cines que subsisten como verdaderos desahuciados, auténticos moribundos que sólo esperan que alguien les de el tiro de gracia para terminar con su agonía de una vez por todas, que existen sin existir, que más les valiera no seguir en pie porque hieren el recuerdo que tenemos de ellos y no le sirven para nada a nuestra nostalgia.

Tal es el caso del Cine Anzures, poco conocido y de aspecto irrelevante, donde sucede como con tantos otros, que por el simple hecho de haber visto alguna película en particular y acompañado de alguien especial representa algo importante en su momento de la vida de cada quien…

Todos los cines de nuestra ciudad han corrido con distintas suertes, algunos siguen cumpliendo con su función original de ser cines, Diana, Palacio Chino y varios más, otro por ahí es una sala de conciertos, el Metropolitan, unos cuantos fueron rescatados y sirven como centros culturales, Futurama, Bella Época y próximamente el Cosmos, otros que permanecen abandonados quisiéramos que se quedaran por siempre, el Opera, pero la gran mayoría han sido derrumbados y sobre sus escombros edificadas nuevas construcciones, Chapultepec, Latino, etcetera, etcetera, seguramente este será el mismo fin tarde o temprano del Cine Anzures, no se perderá gran cosa al final de cuentas, respecto a los buenos recuerdos, eso corresponde a cada uno conservarlos para que no se pierdan.

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En esta casa el 14 de enero de 1920 nació el compositor Salvador “Chava” Flores, quien fuera el cronista musical de la Ciudad de México, eso es lo que nos informa una placa que al menos respetan al no cubrirla con su anuncio de “blusas 2 x $100”, la placa se encuentra junto a la entrada del edificio que se ubica en el numero 66 de la Soledad en la Merced, dicha entrada ahora se ha transformado en un local de ropa, y de hecho, la construcción luce rodeada por ambulantes.

Cuanta razón tenia el propio Chava Flores al decir que cuando él era un niño tenía su México un no sé qué, la imagen ilustra perfectamente su sentir, nos demuestra que ya no es lo que solía ser, ¿cómo era en su tiempo este barrio?, su canción Mi México de ayer nos ayuda un poco a usar la imaginación.

Una indita muy chula tenía su anafre en la banqueta,
su comal negro y limpio, freía tamales en la manteca
y gorditas de masa, piloncillo y canela,
al salir de mi casa compraba un quinto para la escuela.

Por la tarde a las calles sacaban mesas limpias, viejitas,
nos vendían sus natillas, arroz de leche en sus cazuelitas,
rica capirotada, tejocotes en miel
y en la noche un atole tan champurrado que ya no hay de él.

Estas cosas hermosas por que yo así las vi,
ya no están en mi tierra, ya no están más aquí,
hoy mi México es bello como nunca lo fue,
pero cuando era niño tenía mi México un no sé qué.

Empedradas sus calles, eran tranquilas bellas y quietas,
los pregones rasgaban el aire limpio, vendían cubetas,
tierra pa’ las macetas, la melcocha, la miel,
chichicuilotes vivos, mezcal en penca y el aguamiel.

Al pasar los soldados salía la gente a mirar inquieta,
hasta el tren de mulitas se detenía oyendo la trompeta,
las calandrias paraban, sólo el viejito fiel
que vendía azucarillos improvisaba el verso aquél:

“Azucarillos de medio de a real para los niños qui queran mercar”

Estas cosas hermosas por que yo así las vi,
ya no están en mi tierra, ya no están más aquí,
hoy mi México es bello como nunca lo fue,
pero cuando era niño tenía mi México un no sé qué.

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